Se nos dice que pocos animales son tan curiosos como los hipopótamos. Humberto es un clásico ejemplo de ello. Su famosa historia comenzó en noviembre de 1928 cuando salió un día de su laguna en África del Sur y comenzó a contemplar lo que lo rodeaba. Aparentemente se sintió tan fascinado por lo que descubrió, que se puso a marchar para ver qué otras cosas podía contemplar.
Humberto viajó durante diecisiete meses. Su viaje abarcó seis mil kilómetros y su itinerario lo llevó por más de una ciudad. Cierta mañana apareció en el centro de Durban, una de las ciudades más grandes de África del Sur. La gente que iba al trabajo se aterrorizó frente a ese gigante y llamó a la policía. Pero antes de que llegara, Humberto se había sumergido en el río cercano y había desaparecido. Se cuenta que entró en gran cantidad de ciudades y aldeas solo para mirar los negocios, las escuelas o las estaciones misioneras.
Humberto se convirtió en un héroe nacional y se promulgó una ley para que nadie le hiciera daño. En cierta oportunidad se le ocurrió dormir una siesta sobre las vías del tren, y no hubo gritos, ni campanas, ni pitazos, ni empujones que lo obligaran a salir de allí hasta que terminó de dormir.
Justamente cuando todo el mundo comenzó a encariñarse con Humberto, los agricultores empezaron a preocuparse porque estaba pisoteando sus campos. Por supuesto, Humberto no tenía la intención de causar daño, pero era capaz de destruir en un minuto el fruto del trabajo de muchos días. No debemos sorprendernos, entonces, por el hecho de que en abril de 1930 un enfurecido agricultor, que no tenía noticias acerca de la ley que protegía a Humberto, le disparó un tiro. El adagio dice que el que ríe al último, ríe mejor. Tal fue el caso de Humberto: cuando le hicieron la autopsia, descubrieron que no era macho, sino hembra.
No hay duda de que Humberto era un hipopótamo —o mejor dicho, una hipopótama— alegre. Si hubiera sido un ser humano, posiblemente se habría contado entre los "rectos de corazón". Ojalá que nos contemos entre ellos, para que podamos gozar de la alegría eterna del reino de los cielos.
Devoción matutina
Por: Santiago A. Tucker.
«Maravillas de La Creación»
