martes, 10 de noviembre de 2009

¡BIENVENIDOS AMIGOS!

Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo (Apocalipsis 3:20).

Es una experiencia desagradable llegar a una iglesia y que nadie te dé la bienvenida. ¿Alguna vez te ha pasado? En una ocasión visité una iglesia desatenta; cuando entramos nadie nos saludó y mucho menos nos dieron la bienvenida; tal como entramos salimos. ¿Qué hubiera pasado si el mismo Jesucristo visitara esa congregación? ¿Cómo se hubiera sentido? ¿Crees que regresaría? Cuando mi esposo y yo salimos del templo nos propusimos que cuando regresáramos a nuestra congregación todo visitante se llevara un apretón de manos, una sonrisa y hasta un abrazo.
A través de los años hemos tratado de cumplir nuestra promesa. Se imaginan el gozo que sentimos en nuestro corazón al decir: « ¡Buenos días, bienvenidos a su iglesia!» No sé qué impacto tengan mis actitudes, pero ruego que cuando llegue al cielo me encuentre con alguien que diga: «Gracias por tu amistad y por esa calurosa bienvenida que nos diste». Hay muchos que todavía no conocen a Dios y están hambrientos de su Palabra; no imaginamos cuantas personas vienen a los pies de Jesús por medio de nuestra forma de ser o por nuestro ejemplo.
Todo el que entra por las puertas del templo viene con alguna carga o peso en su corazón ya ansia encontrarse con algo o alguien que llene el vacio que tal vez haya guardado por años. Si una persona le brinda una sonrisa eso será de gran impacto para ella y la recordaran siempre. Atrevámonos a ser diferentes. Si tu congregación no es amigable con las visitas comienza tú y veras el cambio que habrá en tu vida. La amabilidad y el buen trato a los visitantes es lo menos que podemos brindar como iglesia. Debemos agradecer a Dios por todo lo que hace en nuestras vidas y por la oportunidad de servirle. En este día pidamos a Dios que nos dé el don de la amistad y digamos: «Señor, ayúdame a ser un objeto positivo ante cada persona que me observa».

Amarilis Johnson Rodríguez de Tom
Tomado de la Matutina Manifestaciones de su Amor.

LA CÁRCEL DEL MIEDO

El Señor está conmigo; no tengo miedo. ¿Qué me puede hacer el hombre? Salmo 118:6.

En la Columbia Británica, las autoridades decidieron sustituir la vieja prisión de Fort Alcan. Había estado en servicio durante centenares de años, pero se necesitaban unas instalaciones nuevas.
Cuando la nueva prisión estuvo terminada, los reclusos fueron trasladados al nuevo edificio y se los puso a trabajar en el derribo de la vieja estructura. Entonces encontraron algo que los dejó atónitos.
Los muros de la vieja prisión no estaban hechos con acero, como todos pensaban. Estaban hechos de papel y arcilla pintados para que tuvieran el aspecto del acero. Las puertas de las celdas eran de acero, así como los barrotes de cinco centímetros de las ventanas. Pero las paredes eran solo arcilla y papel. Si los prisioneros hubiesen golpeado la pared con una silla, podrían haber roto la pared. Pero el aspecto de los muros los convenció de que la fuga era imposible.
Algunas personas están prisioneras de sus miedos. Temen probar cosas nuevas porque podrían ponerse en evidencia.
Hay niños que son tímidos, tan vergonzosos, que se sientan en un rincón mientras los demás se divierten. Si pudiesen derribar el muro de su sentido del ridículo, podrían tener amigos y disfrutar muchas más de la vida.
Hay jóvenes a los que les encantaría volver a la universidad y prepararse para una nueva carrera. Pero tienen miedo de suspender y que la gente los ridiculice por ello.
Hay gente de todas las edades que querría hablar a los demás de Jesús. Pero temen el rechazo. Alguien podría hacer broma de ellos o enfurecerse. Por eso se quedan sentados y dejan pasar las oportunidades de dar testimonio.
¿Hay algo que te impida afrontar un desafío que merece la pena? No permitas que los muros de la inseguridad te tengan atrapado. Apártalos de tu camino y aprovecha la libertad.

Tomado de la Matutina El Viaje Increíble.

NO TE RINDAS

Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. 1 Corintios 15:57

Durante la Segunda Guerra Mundial, las palabras de Winston Churchill inspiraron al pueblo británico a creer en la victoria. Observemos lo que dijo aquel gran político, militar e historiador.
«Ustedes preguntarán cual es nuestra política. Es hacer guerra por mar, tierra y aire, con todo nuestro poder y toda la fuerza que Dios pueda darnos […]. Ustedes preguntaran cual es nuestro blanco. Puedo responderles con una sola palabra: ¡Victoria! […] A toda costa, ¡victoria! A pesar de todo el terror, ¡victoria! Sin embargo, por largo y duro que pueda ser el camino, sin victoria no hay superviviente.
Debemos ir hasta el final, debemos pelear en Francia, debemos pelear en los mares y en los océanos, debemos pelear con confianza sea el costo, debemos pelear en las playas, debemos pelear en los lugares de aterrizaje, debemos pelear en el campo y en las playas, debemos pelear en las alturas, pero nunca, nunca, nunca, debemos rendirnos».
Hay momentos en la vida del cristiano en los que la batalla es tan difícil que parecería que rendirse es la única salida que nos queda. En tales momentos de zozobra, nos sentimos tentados a decir: «No puedo más. No puedo seguir en la iglesia», «No puedo más con este matrimonio», «No puedo más con esta tentación», «No puedo más con esta situación económica». Y casi estamos dispuestos a arrojar la toalla, con un patético «Me rindo».
Sin embargo, los hijos de Dios nunca deben rendirse. Después de todo, están en el lado ganador. Están con Jesús, quien nunca ha perdido una sola batalla. El apóstol Pablo afirma por experiencia propia que en Cristo no hay derrotas, solo victorias. El aposto de los gentiles fue perseguido, azotado, apedreado, encarcelado y amenazado de muerte, padeció hambre, sed, frio y desnudez, pero nunca se rindió. Sabía muy bien que en el diccionario cristiano no existen las palabras “derrota” ni “rendirse”, porque Cristo es la victoria del creyente.
Recuerda que no importa cuán malas pueden parecer las cosas hoy. La Palabra de Dios te dice: «Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides» (Deuteronomio 31:8). No te rindas.

Tomado de la Matutina Siempre Gozosos.