lunes, 26 de agosto de 2013

LOS PACIENTES DEL HOSPITAL

Lugar: Missouri, EE.UU.
Palabra de Dios: Santiago 5:16

Santiago 5:16 dice: «Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz». ¿Crees en eso? ¿Funciona, en realidad, la oración? ¿Puede la oración curar a alguien que esté enfermo?
Cuando Sara fue internada en la Unidad Coronaria del Instituto Cardíaco del Centro de América, del Hospital San Lucas, alguien le dio su nombre a un grupo de oración. Los miembros de ese grupo no sabían quién era Sara, pero estuvieron de acuerdo en orar por ella todos los días, durante cuatro semanas. «Por favor, ayúdala a que se recupere rápidamente y sin complicaciones», oraban.
Sara fue una de los 990 pacientes por los que se oró. Cuando Bill fue internado, se oró por él; y también oraron por Greg. Ninguno de ellos sabía que alguien oraba por ellos.
Durante cuatro semanas se oró por ellos. Y durante cuatro semanas un grupo de investigadores monitoreó el progreso de cada paciente. Querían saber cuanto afecta la oración a los enfermos. Los resultados mostraron que los pacientes por los cuales se oró tuvieron menos problemas médicos mientras estaban internados. La oración pareció mejorar su estado de salud.
Los investigadores no sabían cómo funcionaba la oración, pero llegaron a la siguiente conclusión: «Si conoces a alguien que está internado en el hospital, ora por él». Es una buena idea orar por otros. Esta semana, piensa en alguien por quien puedes orar, y ora por él o ella.

Tomado de Devocionales para menores
En algún lugar del mundo
Por Helen Lee Robinson

¿CÓMO MEDIMOS EL TIEMPO?

Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría. Salmo 90: 12

El tiempo es uno de los dones más maravillosos que Dios nos ha concedido. En la historia humana y en sus diferentes culturas, encontramos una gama increíble de instrumentos creados por el hombre para medir el tiempo. Sin embargo, la primera forma de medir el tiempo la encontramos en el libro de Génesis, en el relato de la creación, cuando el autor expresa: «Y vino la noche, y llegó la mañana» (Gén. 1: 5). Surgió entonces la semana creada por Dios.
De ahí en adelante, los seres humanos han inventado relojes en sus diferentes modalidades, así como calendarios con sus días, semanas, meses y años. De igual modo surgieron las unidades más pequeñas de medición del tiempo, como son los segundos, los minutos y las horas que forman un día.
Sin embargo, lo que deseo considerar contigo esta mañana únicamente difiere en los años de vida que Dios nos concede a cada una. El sabio escribió: «Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo» (Ecle. 3: 1). Algunas miden su tiempo en años, en amagas, en achaques, en canas… Otras miden su tiempo en productividad, en metas alcanzadas, en éxitos obtenidos en la vida profesional, en logros económicos… Estas son sumatorias que indudablemente nos retribuirán ganancias.
Cada segundo de nuestra vida deberíamos emplearlo con responsabilidad y sabiduría. Eso implica transitar por el tiempo tomadas de la mano de Dios. Al hacerlo tendremos calidad y cantidad de vida. El consejo bíblico aplicado al tiempo se encuentra en Efesios -5: 15-16, en palabras del apóstol Pablo: «Tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos».
Hay cosas que podemos hacer con el fin de aprovechar de manera prudente el tiempo: pasar momentos en compañía del Señor para desarrollar intimidad con él; prestar un servicio desinteresado al prójimo; charlar con un anciano; sonreír a un niño; trabajar con entusiasmo y abnegación, sin importar lo que nos toque hacer; acariciar a un cachorrito; disfrutar de los alimentos; abrazar a nuestros seres amados… ¡Haz la prueba, y verás cómo aprovecharás tu tiempo!

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado

RECIBAN PARA DAR

Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. 1 Corintios 3:6, 7.

La obra de edificar el Reino de Cristo procederá, aunque parezca moverse lentamente; los medios son tan limitados que las imposibilidades parecen testificar contra su avance... A los discípulos se les pidió que alimentaran a la multitud hambrienta antes de que ellos comieran. Después de que las necesidades de todos habían sido suplidas, se dio la orden: “Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada” (Juan 6:12). Se recogieron doce cestos llenos, y entonces Cristo y los discípulos comieron del alimento precioso proporcionado por el Cielo...
En vez de pasar su responsabilidad a otra persona que considera más capacitada que usted, obre según su habilidad, aunque tenga un solo talento. 
Cristo recibía del Padre; impartía a los discípulos, y ellos impartían a la multitud. Todos los que están unidos a Cristo recibirán de él el pan de vida... y lo impartirán a otros...
Nuestro Salvador colocó en las manos de sus discípulos el alimento para la gente, y al vaciarse sus manos, nuevamente eran llenadas de alimentos, que se multiplicaban en las manos de Jesús tan rápido como se los requería... Esto debe ser de gran estímulo para sus discípulos de hoy. Cristo es el gran centro, la fuente de toda fuerza... 
Un Pablo puede plantar y un Apolos regar; pero solo Dios da el crecimiento. Esto es para que nadie se enorgullezca. Los más inteligentes, los mejor dispuestos espiritualmente, pueden otorgar solamente lo que reciben.  De sí mismos, no pueden aportar nada a las necesidades del alma. Podemos impartir únicamente lo que recibimos de Cristo; y podemos recibir únicamente a medida que impartimos a otros. 
A medida que continuamos impartiendo, continuamos recibiendo; y cuanto más impartamos, tanto más recibiremos. Así podemos constantemente creer, confiar, recibir e impartir...
En las manos de Cristo, la pequeña provisión de alimento permaneció sin disminución hasta que la hambrienta multitud quedó satisfecha. Si vamos a la Fuente de todo poder, con las manos de nuestra fe extendidas para recibir, seremos sostenidos en nuestra obra, aun en las circunstancias más desfavorables, y podremos dar a otros el pan de vida –Signs of the Times de 19 de agosto de
1897; ver un texto similar en El Deseado de todas las gentes, pp. 335-339.

Tomado de Meditaciones Matutinas para adultos
Desde el Corazón
Por Elena G. de White