jueves, 20 de enero de 2011

SU PRESENCIA

Y a aquel lugar le puso por nombre Betel (casa de Dios), aunque LUZ era el nombre anterior de la ciudad (Génesis 28:19).

¿Pudiste experimentar la presencia de Dios en tu vida durante el día de ayer? ¿Fuiste consciente de que te acompañó a todos los lugares y de que estuvo a tu lado en todo momento? ¿Tuviste un día de color de rosa, libre de problemas? No creo que puedas responder afirmativamente a todas estas preguntas. Si así fuera, buscarías la compañía de Dios por conveniencia, y no por amor.
Cristo no nos ha prometido un cielo despejado ni un camino tachonado de pétalos de rosas. Lo que si ha prometido es la presencia de un amigo que nos dará cobijo cuando llegue la tempestad, y curará las heridas que nos produzcan las espinas en nuestro transitar por este mundo.
Jacob cambió el nombre de aquel lugar porque en él se había encontrado con Dios. Aunque la Biblia dice que Luz era el nombre de la ciudad —y al parecer no era un mal nombre— aquel hombre, pecador y arrepentido de sus errores pasados, sintió la necesidad de asegurar la presencia de Dios en su vida. Tú también has de comprender que lo único que necesitas para superar tus errores pasados es la presencia de Dios en tu vida.
Dios no es un amuleto que podemos tomar para manejarlo a nuestro antojo. El Señor Jesús quiere, y puede estar a nuestro lado, pero desea que sea una experiencia correspondida de amistad y amor. ¿Quieres tener ese tipo de relación con él?
¿Qué impide la presencia de Dios en tu vida? ¿Tienes que dejar algo que sabes que no es de su agrado para que él pueda morar contigo? Jacob llevaba grandes cargas en la vida, pero eso no impidió que en aquel momento cambiara su actitud y convirtiera su vida en un Betel. No esperes a arreglar tus circunstancias para ir a Jesús. Él está aquí, su presencia es real en ti, y te acepta tal como eres. Si se lo permites, él cambiará tu «luz» en un Betel. Abre las puertas de tu ciudad amurallada, pues tu Dios te espera.

Tomado de meditaciones matutinas para mujeres
De la Mano del Señor
Por Ruth Herrera

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