lunes, 6 de agosto de 2012

UNA LUZ QUE JAMÁS SE APAGARÁ


Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 1 Timoteo 1:15

La llamaban «María la sanguinaria». Y no era para menos. Durante el reinado de María Tudor en Inglaterra, en el siglo dieciséis, fueron ejecutadas unas trescientas personas. Entre los mártires de esa época estuvo Hugh Latimer, un verdadero campeón de la fe cristiana.
Hugh nació en un hogar pobre, donde tenían que arar la tierra para obtener de allí el alimento diario. Aunque él mismo debía arar, Sus padres se aseguraron de que Hugh asistiera a la escuela del pueblo. De esos inicios humildes, avanzó paso a paso en su preparación personal hasta graduarse en la Universidad de Cambridge. Posteriormente llegó a ser obispo de Worcester y también sirvió como capellán del rey Enrique VIII. Fue un predicador tan poderoso que, según registran los historiadores, los negocios y las tabernas se cerraban para escucharlo predicar.
¿Cómo llegó Hugh Latimer a conocer las grandes verdades de la Biblia? Gracias a un hombre a quien apodaban «el pequeño Bilney». Se cuenta que cuando Bilney escuchó predicar a Latimer, oró a Dios: «Padre, yo soy apenas el pequeño Bilney, y nunca podré hacer nada grande para ti, pero ayúdame a ganar esta alma para Cristo. Yo sé que él hará maravillas en tu nombre» (Peter E Gunther, A Frank Boreham Treasury [Antología de Frank Boreham], p. 13).
Y así fue. «El pequeño Bilney» se las arregló para lograr una entrevista con Latimer y, usando como base nuestro texto de hoy (1 Tim. 1:15), pudo mostrar al gran predicador las grandes verdades bíblicas: solo Cristo salva, y solo la Biblia es la Palabra inspirada de Dios.
Latimer no solo creyó estas verdades, sino que también las predicó con fervor. Como resultado, fue encarcelado y más tarde quemado en la hoguera por orden de María la sanguinaria. Se cuenta que el día de la ejecución, Latimer y su compañero de martirio, Nicholas Ridley, se arrodillaron delante de la hoguera para orar. Entonces Latimer animó a Ridley de la siguiente manera: «Ten buen ánimo, amigo. Hoy encenderemos una luz tal en Inglaterra que, confío en la gracia de Dios, jamás se apagará».
Ese día, el 6 de octubre de 1555, una llama se encendió en Inglaterra que hasta hoy nadie ha podido apagar. ¡Alabado sea Dios!
Padre celestial, quiero ser un instrumento en tus manos. Que Cristo, la Luz del mundo, brille hoy a través de mí.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

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