viernes, 15 de febrero de 2013

EL DESIERTO TAMBIÉN SE CUBRE DE FLORES


Aguas brotarán en el desierto, y torrentes en el sequedal. La arena ardiente se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantiales burbujeantes. Isaías 35:6-7.

Cuando el dolor hace presa del corazón de una mujer, resulta tan intenso que parece, que en cada suspiro se va la vida. Ese dolor es todavía más agudo cuando toca nuestra esencia: la maternidad.
Hace algún tiempo estuve al lado de una mujer que creía que su manantial estaba seco. Uno de sus más grandes anhelos era llegar a ser madre; sin embargo, después de intentarlo durante varios años y de buscar ayuda médica, su anhelo se rompió en mil pedazos. La sentencia cayó sobre su corazón y su vientre: «Usted nunca podrá gestar un bebé».
Poco a poco su vida se transformó en un desierto. No había risas, ni sueños, ni esperanza. El dolor parecía arrasar con todo lo bueno que la vida le ofrecía. Cada mañana al despertar ponía la mano en su vientre y le pedía a Dios, gritando de dolor, que lo hiciera florecer. El gemido de su maternidad frustrada llegó a oídos de Dios. La promesa del Señor se hizo realidad: «Se alegrarán el desierto y el sequedal; se regocijará el desierto y florecerá como el azafrán. Florecerá y se regocijará: ¡Gritará de alegría! Se le dará la gloria del Líbano, y el esplendor del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios» (Isa. 35:1-2).
Una jovencita que se había quedado embarazada fruto de una violación, puso en brazos de la frustrada madre a su esperado bebé. ¡Aquel fue un instante mágico! Dos mujeres quedaron unidas por el amor, lo cual hizo posible que para ambas floreciera el desierto. Las promesas del Señor las alcanzaron en medio de su dolor, transformando el llanto en carcajadas de gozo. ¡Maravilloso Señor!
¿Cuál es tu realidad? Tal vez caminas en medio de la soledad del desierto. Si es así, recuerda que Dios está dispuesto a derramar su lluvia de bendiciones hasta que te conviertas en un manantial de vida.
Si alguna mujer cerca de ti está siendo refinada en el crisol de la prueba, transfórmate en la mano ayudadora de Dios, «quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren» (2 Cor. 1:4).

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado

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