miércoles, 26 de junio de 2013

HAMBRE DE JUSTICIA

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Mateo 5:6.

El verdadero pan de vida se encuentra únicamente en Cristo. Los que no reconocen que los tesoros de rica gracia, el banquete celestial, han sido preparados a un costo infinito para satisfacer a los que tienen hambre y sed de justicia, no serán satisfechos…
“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre” (Juan 6:35)…
Quienes tienen hambre y sed de justicia están llenos de un deseo anhelante de llegar a ser como Cristo en carácter; de ser asimilados a su imagen; de mantener la senda del Señor y de hacer justicia y juicio. Siempre debiéramos cultivar un deseo ferviente de la justicia de Cristo. Ningún deseo temporal debiera atraer y separar la mente hasta el grado de que no experimentemos esta hambre del alma por poseer los atributos de Cristo… Cuando se encuentra en problemas y aflicciones, el alma anhela el amor y el poder de Dios. Hay un deseo intenso de seguridad, de esperanza, de fe, de confianza. Debemos buscar el perdón, la paz, la justicia de Cristo… Toda alma que busca al Señor de todo corazón tiene hambre y sed de justicia…
El hambre del alma será satisfecha cuando nuestros corazones se vacíen del orgullo, la vanidad y el egoísmo, porque entonces la fe se apropiará de las promesas de Dios y Cristo suplirá el vacío y morará en el corazón. Habrá un nuevo canto en la boca, porque la Palabra se cumplirá: “Os daré corazón nuevo” (Eze. 36:26). El testimonio del creyente será: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16).
Sin Cristo, el hambre y la sed del alma quedarían insatisfechas. La sensación de carencia, el ansia de algo no temporal, no manchado de lo terrenal ni de lo común, nunca podría aplacarse. La mente debe aferrarse de algo más elevado y puro que cualquier cosa que pueda hallarse en este mundo…
Cristo fue crucificado por el pecado del mundo, y después de su resurrección y ascensión todo el mundo fue invitado a mirarlo a él y vivir. Se nos exige que miremos las cosas invisibles, que mantengamos ante el ojo de la mente las imágenes más vividas de las realidades eternas, para que al contemplarlas seamos cambiados a la imagen de Cristo -Signs ofthe Times, 3 de octubre de 1895.

Tomado de Meditaciones Matutinas para adultos
Desde el Corazón
Por Elena G. de White

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