jueves, 18 de julio de 2013

NO RETRASES LA DECISIÓN

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos y vengan los años en que digas: “No encuentro en ellos placer alguno” (Eclesiastés 12:1).

Cuando Lois Secrist tenía quince años debió haber escuchado el solemne consejo de Dios. Pero no lo hizo. A esa edad prometió que iría como misionera al extranjero, quizá a la India, o a África, para ayudar a los necesitados. Pero nunca cumplió su promesa.
Gail Wood cuenta la historia en su artículo “Mission Delayed” [Misión demorada].
A los 23 años, Lois se casó con Galón Prater, un apuesto jornalero que con el tiempo se volvió un bebedor empedernido. Muchos años después, Galón se convirtió al cristianismo, pero para entonces tenía casi 80 años y su muerte estaba cercana. Antes de morir (el 9 de febrero de 1988), Lois recuperó su antiguo sueño de convertirse en misionera.
Al principio sintió algo de resistencia interior. Ya tenía setenta y seis años y creía que su oportunidad había pasado. Dijo: “Señor, ahora soy demasiado vieja para ir. No puedo”. Pero esta formidable abuela, con remordimientos por haber hecho caso omiso al llamado de Dios cuando era adolescente, decidió no rechazar una segunda oportunidad de convertirse en misionera.
A los ochenta y siete años, Lois Prater se convirtió en la increíble fundadora de un orfanato en Filipinas, un espacio de salvación para treinta y cinco niños cuyas vidas rescató del rechazo, la mendicidad en las calles y el maltrato paterno. Hoy los huérfanos viven en una casa blanca, muy bien arreglada, de setecientos metros cuadrados distribuidos en dos plantas. Ellos llaman “Lola” a Lois, que en el idioma nativo, el tagalo, significa “abuela”. Los “niños”, como ella los llama, oscilan entre los ocho meses y los diez años. Cada uno forma parte de una historia desgarradora.
Lois fundó y construyó el orfanato sin pedir préstamos, confiando en el apoyo económico individual que le llega desde los Estados Unidos. A causa de su edad, no la apoya ninguna denominación religiosa y depende únicamente de donaciones privadas. Cuando se le pregunta si eso la pone nerviosa, Lois dice con confianza: “Sirvo a un Dios poderoso.
No me siento con suficiente talento para hacer nada de esto, pero Dios me capacita. Mi responsabilidad es hacer lo que puedo”.
Gracias al Señor porque Lois pudo cumplir su promesa. Pero no todos tienen esa oportunidad. Es mejor acordarse de Dios en la juventud, cuando la energía está al cien por cien para invertirla en una obra grande. Conságrate hoy a Dios para que te utilice desde tu juventud.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
¿Sabías que..? Relatos y anécdotas para jóvenes
Por Félix H. Cortez

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