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sábado, 21 de enero de 2017

Y TÚ, ¿ATRAES LOS RAYOS?

“Jesús les dijo: “Sí, pues yo vi que Satanás caía del cielo como un rayo”” (Luc. 10:18).

En esta Tierra ocurren cosas sorprendentes. Como la que te voy a contar hoy, que aunque te cueste creerla, ocurrió realmente en un lugar de mi país, Colombia.
Un joven fue convocado para realizar su servicio militar, y pronto fue enviado a formar parte de un batallón de Infantería como soldado. Hasta aquí, esto no tiene nada de extraordinario. Pero resulta que un día, durante una maniobra que realizaba junto con otros compañeros, fue alcanzado por un rayo que lo lanzó al piso.
Poco tiempo después, al mismo muchacho le cayeron encima dos rayos, y una vez más salió ileso. Él ni siquiera recuerda qué ocurrió después de que el segundo rayo lo alcanzara. Su comandante, asustado porque obviamente el soldado “atraía la mala suerte”, decidió darlo de baja del ejército, para evitar que todo el batallón fuera electrocutado. Así que, envió al joven soldado a su casa, donde las tormentas eléctricas eran menos frecuentes.
Estando en su casa, este joven salió un buen día a pasear y, ¡adivina qué! Un rayo lo alcanzó. A partir de aquel momento, quedó tembloroso, y ¡hasta el peinado le cambió! Sus parientes lo llevaron a un médico, y este les dijo que la única solución para “descargarlo” era enterrarlo hasta el cuello. Así lo hicieron, pero la situación no mejoró. El joven seguía temblando. Sus familiares siguen buscando una solución. Mientras tanto, le recomiendan que no salga a la calle ni se asome a la ventana en días de tormenta, porque probablemente la próxima vez no corra con tanta suerte.
De la misma forma en que este muchacho atrae a los rayos, hay muchachos que parecen atraer al pecado. Les gusta ponerse en situaciones de riesgo para ellos y para quienes los rodean. Y, de vez en cuando, un “rayo” los alcanza. Hazme caso, y evita a esos muchachos. No permitas que su “rayo de maldad” te cause daño a ti. Tú, camina siempre protegido por el gran “pararrayos”: la fe en Jesús. Con él, en vez de atraer a los rayos, los alejarás de ti sin darte cuenta, y caminarás mucho más tranquilo por la vida.

Tomado de lecturas devocionales para Menores 2017
¡SALTA!
Por: Patricia Navarro 
#Salta #MeditacionesMatutinas #DevociónMatutinaParaMenores #vigorespiritual #plenitudespiritual #FliaHernándezQuitian

lunes, 19 de marzo de 2012

UN MONO EN LA ESPALDA

Echa sobre Jehová tu carga y él te sostendrá. Salmo 55: 22, NRV95.

¿Te imaginas cómo sería tener un mono sobre la espalda todo el día? Creo que la palabra que mejor describiría esa experiencia es pesadilla.
Escuché la expresión «tener el mono en la espalda» en una entrevista por televisión, de labios de una celebridad del deporte. Era un hombre dueño de, por lo menos, dos de las tres «moneditas de oro» que el mundo codicia: dinero y fama (la otra es el amor). Pero ¡qué curioso! Su rostro no reflejaba felicidad. «He sido un estúpido, un idiota, un ingenuo», decía.
¿Quién era? ¿Y por qué se expresaba así de su persona?
Se trataba de Alex Rodríguez, para muchos, el mejor jugador de béisbol del mundo. Por cierto, el mejor pagado, y probablemente el más envidiado. En ese momento, ante las cámaras de ESPN, Alex Rodríguez estaba confesando que había usado esteroides durante tres temporadas de béisbol (2001-2003), mientras jugaba ruta los Rancheros de Texas.
¿Qué necesidad tenía Alex de usar drogas si ya era el mejor?
«Cuando llegué a Texas en 2001 —explicó—, sentí una presión enorme. Me parecía que tenía sobre mí todo el peso del mundo y que yo debía rendir al máximo cada día».
Es cierto que había firmado un contrato millonario: 25 millones de dólares por temporada y que ese monto de dinero se traduce en presión pero, ¿no había otra razón?
«Quería probar que yo era uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Me dejé llevar por eso de que "Todo el mundo lo está haciendo"».
«Todo el mundo lo está haciendo». ¿Justifica este hecho el uso de sustancias indebidas? Tenía razón Alex de llamarse a sí mismo «estúpido». Por momentos, sentí compasión de él, al verlo en ese pequeño infierno que él mismo se había creado. Pero al fin de la entrevista, me contentó saber que había tenido el valor de admitir su falta, y de pedir que se le perdonara.
«Lamento mucho lo que hice —expresó—. Hoy quiero quitarme este mono de mis espaldas». ¡Qué manera tan gráfica de expresar lo se siente hacer lo malo!
¿Hay en tu vida algún pecado que no hayas confesado al Señor? Pues no hay necesidad de que «cargues con ese mono sobre tu espalda»
¡La sangre de Cristo todavía perdona pecados!
Gracias, Jesús, por la preciosa sangre que derramaste en la cruz por mí.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala