viernes, 16 de octubre de 2009

LENGUAS SUELTAS PARA TESTIFICAR

Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios. Lucas 1: 64.

Zacarías, el padre de Juan el Bautista, quedó completamente asombrado, petrificado, cuando el ángel le comunicó la noticia de que su esposa Elisabet concebiría un hijo. No podía creerlo. Había suficientes razones para dudar: su mujer era estéril y ambos eran de edad avanzada. En tales circunstancias, desde el punto de vista humano, era imposible que ella concibiera y diera a luz un hijo.
La incredulidad de Zacarías fue reprendida por el mismo ángel que le dio la buena nueva. «Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar [...], por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lúe. 1: 20).
Sabemos que el Espíritu Santo reproduce a Cristo en nuestra vida, pero en el relato del nacimiento de Juan el Bautista hay otra función que el Espíritu Santo desempeña en la formación de la iglesia. Había una multitud orando fuera del santuario mientras tacarías ofrecía el incienso: «Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario» (Lúe. 1: 21). Esperaban escuchar la voz del sacerdote. Deseaban escuchar su bendición. Lamentablemente, Zacarías no tenía voz; estaba mudo, no podía hablar.
Una de las características de Lucas, tanto en su Evangelio como en el libro de Hechos, es que introduce los discursos que presenta con la expresión: «lleno del Espíritu Santo». Lucas dice que cuando Zacarías fue lleno del Espíritu «al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios» y «profetizó» (Lúe. 1: 64,67).
El Espíritu Santo le da voz a la iglesia. Cuando una persona es llena del Espíritu Santo, habla y testifica de Jesús. Hace a la iglesia testigo de Cristo. ¿Tienes tú voz para contar al mundo las maravillas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable? El Espíritu Santo está dispuesto a darnos esa voz que el mundo necesita escuchar. Las multitudes están afuera, esperando que tú les hables de salvación.
Cuando escuchamos hablar a niños pequeños no podemos diferenciar si el que habla es un niño o una niña; pero cuando alcanzan la adolescencia, algo pasa con la voz. Tiene más volumen; el sonido cambia. La iglesia lleva ya dos mil años de existencia. Nuestra voz debería ser más fuerte y con más volumen. Las personas deben reconocernos, deben saber quiénes son los adventistas, cuáles son nuestras creencias. No debe haber confusión cuando hablan de nosotros. ¿Tiene Dios una voz en tu hogar, en tu oficina, en tu universidad?. Dondequiera que te encuentres, ¿tiene Dios una voz en ti?

Tomado de la Matutina Siempre gozosos.

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