domingo, 23 de enero de 2011

JESÚS Y LAS MADRES

Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.
Lucas 7:13.

En la época de Jesús el valor de la mujer en la sociedad era mínimo. Las mujeres y los niños prácticamente no contaban de una manera apreciable como "personas". Incluso cuando aparecen como protagonistas, muchas veces las Escrituras no registran sus nombres. Un caso notorio es el del niño que le dio a Jesús los cinco panes y dos peces para que hiciera el milagro de alimentar a la multitud. Ignoramos totalmente cómo se llamaba. El mismo relato declara que el Maestro alimentó a "cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños" (Mat. 14:21). ¿Por qué razón no se contaban a las mujeres y los niños, si ellos también participaron del milagro? Simplemente porque no se les daba mucho valor.
Por esa misma razón, los discípulos creyeron que las madres que traían sus hijos a Jesús para que los bendijera eran un estorbo. Para ellos era totalmente razonable que Jesús no quisiera ser importunado por asuntos de poca importancia como el deseo de aquellas madres. Por su parte, "Jesús se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios" (Mar. 10:14).
Su amor por los niños y las madres se manifestó en muchas ocasiones, y una de estas fue el gran milagro que realizó a las afueras de Naín. Jesús estaba por ingresar a la ciudad de Naín y "cerca de la puerta" vio un cortejo fúnebre que se dirigía afuera de la ciudad para enterrar al difunto. El caso era realmente triste, ya que el joven fallecido era el único hijo de una mujer viuda, "Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate" (Luc. 7:12 -14). Inmediatamente el muchacho volvió a la vida para alegría y felicidad de todos, pero especialmente de esa madre que no encontraba palabras para agradecerle al Autor de la vida el regalo que le había propiciado.
El ejemplo de Jesús repercute hasta nuestros días y te llama para que siempre valores a la mujer, particularmente a la mujer que te dio el ser. Ese aprecio debe expresarse diaria y constantemente. Hemos de respetar y apoyar a todo ser humano, tanto a los encumbrados e influyentes como a los débiles y marginados. Si te dices seguidor de Jesús, debes imitarlo también en este aspecto.

Tomado de meditaciones matinales para jóvenes
Encuentros con Jesús
Por David Brizuela

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