sábado, 28 de enero de 2012

¿LÍMITES AL PODER DE DIOS?

Sean buenos y compasivos unos con otros. Efesios 4:32.

Cuando yo era adolescente, no se usaba la palabra «discapacitado». Ni siquiera sé si existía. Pero es que tampoco la habríamos usado. Para la pandilla del barrio, era más fácil llamar a la gente aludiendo a sus defectos físicos: «el Tuerto», «el Mono», o «Cabeza de melón».
Hace poco leí un relato que me hizo acordar de esos días, y también lo crueles que podemos ser hacia personas que sufren de limitaciones físicas. Es un relato que cuenta Tony Campolo en su libro You Can Make a Difference (Tú puedes marcar una diferencia, pp. 35, 36). Ocurrió en un campamento de jóvenes, y tuvo como «protagonista» a un jovencito llamado Beto. Este muchacho había nacido con parálisis cerebral. Cuando Beto caminaba, su cuerpo se movía de un lado a otro de una manera que él no podía controlar. Y cuando Beto hablaba, tartamudeaba para pronunciar incluso la palabra más sencilla.
Estos defectos, lejos de despertar la compasión de sus compañeros, convirtieron a Beto en el hazmerreír del campamento. Cierto día, sus compañeros de habitación lo seleccionaron para que dirigiera la meditación matutina. Sabían muy bien que Beto no podía hacerlo. Solo querían burlarse de él. De hecho, apenas Beto se adelantó para hablar, comenzaron las risitas y las burlas. A pesar de todo, el joven salió adelante.
Beto se paró frente a sus compañeros, y dijo: «Je-Je-Je-Je-su-su-sús mee aaaaa-ma. Yyyy yooo aaaa-moo aaaa Je-Je-Je-sús».
Le llevó varios minutos decir esa frase. Pero entonces ocurrió lo que nadie podría haber imaginado. Cuando terminó de hablar, muchos jóvenes estaban llorando. Cuenta Campolo que esa mañana se produjo un verdadero reavivamiento. Cesaron las burlas y, lo más sorprendente, decenas de jóvenes decidieron consagrar su vida al Señor Jesús. ¡Y todo gracias al testimonio del hazmerreír del campamento!
Esa mañana, ciento cincuenta jóvenes aprendieron al menos dos lecciones. Una, que no tenemos que burlarnos de ningún ser humano, ¡porque esa persona también es hija de Dios! La otra, que no hay límites para el poder de Dios. Si nuestro Padre celestial pudo usar a Beto a pesar de todas sus limitaciones, ¿te imaginas lo que puede lograr por medio de ti y de mí si nos colocamos en sus manos?

Padre celestial, pongo mi vida en tus manos para que la uses de acuerdo con tu voluntad, y Ayúdame a ver n cada ser humano a una preciosa alma por la cual tu Hijo murió en la cruz.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

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