lunes, 1 de octubre de 2012

LA VERDADERA PACIENCIA


Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.  (Romanos 5:3-4).

Si te pidieran que identificaras una ostra con grandes probabilidades de contener una valiosa perla, ¿en qué basarías tu elección? ¿Seleccionarías la que aparentara ser más joven, una simétrica, o quizá la que parece gozar de mejor salud? Los expertos en la materia afirman que por lo general, las perlas abundan en las conchas viejas, desfiguradas, irregulares, cubiertas y horadadas por toda clase de enemigos de la madreperla.
Nuestras vidas pueden parecerse a la madreperla. Nuestros caracteres han sido deformados, horadados y cubiertos por toda clase de pruebas y sufrimientos; pero es en medio del dolor, las penurias, la pobreza y las carencias donde surgen las vidas más bendecidas.
Existe una falsa paciencia que surge de la naturaleza no controlada por el espíritu, pero que en realidad tiene su origen en el orgullo. Hay quienes incluso están dispuestos a sufrir toda clase de atropellos sin quejarse, porque según ellos eso es ser muy hombre o muy mujer; una rara versión de la paciencia.
La paciencia verdadera es la cualidad o don que Dios concede a los hombres y mujeres para que acepten serenamente situaciones dolorosas o adversas entregándolas a Dios y a su fiel cuidado.
Nelson Mándela, quien recibió el Premio Nobel de la Paz en 1993, pasó veintisiete años en prisión, la mayor parte de ellos obligado a trabajar en una cantera picando piedra. Cuando entró a la cárcel odiaba a todos los causantes de sus desdichas debido a las injusticias y sufrimientos a los que había sido sometido. Sin embargo, en la adversidad floreció en él la paciencia, que le permitió soportar la separación de las personas que tanto amaba. Al salir de prisión su odio fue remplazado por el amor. Se había efectuado en él un verdadero milagro.
Si hoy sufres abusos, privaciones y dolor, no te desesperes, porque el mismo Señor que confortó a Juan en la isla de Patmos te dice: No temas. «Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén» (Apoc. 1:17-18).

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa

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