martes, 22 de enero de 2013

¿ERRORES DE BUENA FE?

Entonces oirán ustedes decir a sus espaldas estas palabras: «Este es el camino; vayan por él. No se desvíen a la derecha ni a la izquierda» (Isaías 30:21, RVC).

El camino que Dios quiere que sigamos está bien definido. No hay manera de equivocarse. Sin embargo, nadie llegará por casualidad a la puerta de la Ciudad de Dios. Ayer te comenté que, dos días después del milagroso aterrizaje en Nueva York, se dio a Douglas Corrigan permiso de despegar para volver a Los Ángeles. Los oficiales del aeropuerto vieron, asombrados, cómo el monoplaza, que saltaba, gemía, renqueaba y humeaba, despegaba en medio de una fina neblina.
Lo que pasó durante las siguientes veintiséis horas aún es uno de los mayores misterios de la aviación. No hay registros oficiales, por supuesto. El único testimonio que queda de los asombrosos acontecimientos que siguieron son las palabras del propio Corrigan.
Emocionado por sus fotografías publicadas en varios periódicos, Corrigan puso el morro hacia el occidente. No tenía radio y la brújula giroscópica del aeroplano estaba averiada. El único instrumento de navegación que le quedaba era una pequeña brújula magnética que estaba fijada al piso de la cabina y que Corrigan no alcanzaba a ver.
Después de varias horas de vuelo, Corrigan se dio cuenta de que algo andaba mal. En primer lugar, el avión comenzó a volar por encima de un campo totalmente nevado, y estaba en pleno verano. De pronto, cuando pensó que volaba sobre Nuevo México o Arizona, salió a pleno sol, y entonces vio que volaba sobre hielo y nieve. De pronto, vio algo que le heló la sangre: el océano.  Corrigan pensó que no había encontrado el aeropuerto de Los Ángeles y que se había perdido en el Océano Pacífico. Pero este océano parecía extraño. No se veía azul y tranquilo, como bien indica su nombre.
Repentinamente, el avión comenzó a dar muestras de que se acababa el combustible. Finalmente, cuando el avión comenzaba a ratear por falta de gasolina, empezó a sobrevolar una hermosa tierra vestida de verde. Al sobrepasar una colina, vio una bella ciudad.
—Soy Douglas Corrigan, vengo de Nueva York y me proponía ir a California — dijo, después de haber aterrizado—, ¿me pueden decir dónde estoy?
—Usted está en Dublín, Irlanda, señor —dijeron los asombrados irlandeses. Desde entonces la historia lo conoce como Wrong Way Corrigan (que significa «Dirección incorrecta» o «Camino equivocado»). Cuando le preguntaron cómo había cometido un error tan enorme, contestó: «Cualquiera puede cometer un error de buena fe».
En la vida espiritual no existen «errores de buena fe». Cada concesión que hacemos al pecado degrada nuestra vida espiritual. Procura no cometer un error en el camino que lleva a la Santa Ciudad, el precio es demasiado elevado.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
¿Sabías que..? Relatos y anécdotas para jóvenes
Por Félix H. Cortez

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