miércoles, 13 de febrero de 2013

CUANDO LLAMAMOS A LO MALO BUENO



¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! Isaías 5:20

Vivimos en un mundo que lo relativiza todo. La línea divisoria entre el bien y el mal ya no es una línea recta que determina si una conducta es apropiada o inapropiada, correcta o incorrecta. Es más bien una línea ondulante que sigue la dirección de lo que creemos que nos conviene y se acomoda mejor a nuestros deseos.
En un mundo como el nuestro, los valores y los principios no son directrices de vida, sino únicamente opciones que se toman o se dejan de acuerdo a las circunstancias o la cultura. Son muchas las personas que ante una disyuntiva prefieren anteponer la palabra «depende» antes de tomar una decisión. Aun los niños cuestionan los valores.
Alguna vez interrogué a uno de mis pequeños alumnos acerca de cuan bueno o malo era golpear a un compañero si este le ofendía en algo. El niño respondió sin titubeos: «Si él me pega, yo también le pego». Esto me hace pensar que los valores se aprenden desde la cuna y se fijan con la práctica a lo largo de la vida.
Cuán importante es que las generaciones jóvenes sepan dónde comienza y termina la línea que divide lo bueno de lo malo. La confusión en la que muchos de ellos viven tiene que ver con la carencia de padres y madres que vivan y modelen frente a ellos lo que Dios manda. Y es aquí donde nosotras, las madres cristianas, desempeñamos el papel de modelos. Nuestros pequeños necesitan conocer y aprender por medio de la instrucción formal, pero también la informal y casual, valores que serán sus herramientas para la construcción de una vida exitosa.
Nunca un niño debiera crecer con dudas acerca de lo que es bueno o malo y de sus consecuencias. La conducta moral de un niño, que se forma desde los primeros años de vida, debiera desarrollarse al colocar como base los mandamientos de Dios. Y deben tener claro que son eso, mandamientos de Dios, no recomendaciones.
Cuando pensamos que el libre albedrío nos autoriza para interpretar a nuestro modo las ordenanzas de Dios, estamos en terreno de Satanás. Que nuestra voz no se quiebre, que nuestra mano no tiemble. Un «así dice el Señor» debiera ser el grito de batalla de las madres cristianas al enfrentar el desafío de sus hijos a la autoridad de Dios y a la nuestra.

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado

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