sábado, 2 de abril de 2016

VALENTÍA EN MEDIO DE LA CRISIS

Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará… Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra. Números 14:8,9.

Después de que los diez espías presentaron ese funesto informe, el pueblo tuvo una sesión de llanto de toda una noche. ¡Qué escándalo que hicieron! Los hijos de Israel, como se los llamaba a menudo, se estaban comportando como unos mocosos malcriados. No solo lloraron por el hecho de que había ciudades amuralladas y gigantes en Canaán, sino también se envolvieron hasta tal punto en la murmuración, la incredulidad y las quejas que, efectivamente, llegaron al punto de la locura. Comenzaron a decir cosas locas como: “¡Oh, si solo hubiéramos muerto en Egipto!”
Lloraron, se quejaron y murmuraron hasta que al amanecer no solo les echaban la culpa a Moisés y a Aarón por engañarlos justo en la frontera con Canaán sino también le echaban la culpa a Dios mismo. ¡Llegaron tan lejos que hasta se nombraron un capitán que los condujera de regreso a Egipto!
Moisés y Aarón estaban atónitos. Cayendo sobre sus rostros ante el Tabernáculo, oraron para que Dios les diera sabiduría a fin de saber qué hacer. Mientras tanto, Caleb y Josué intentaban calmar al pueblo.
La valentía que tenían ellos en medio de la crisis se manifestó en las palabras resonantes de nuestro texto de hoy. Pero, sus voces fueron ahogadas por los gritos de ira.
“¡Apedréenlos! ¡Apedréenlos!”
El campamento estaba al borde de la sublevación. El pueblo estaba listo para matar a Josué y a Caleb, a Moisés y a Aarón, y a cualquiera que se pusiera en el medio de su malvada incredulidad.
La muchedumbre enloquecida corrió hacia adelante armada con piedras, lista para matar, “cuando de repente las piedras se le cayeron de las manos y, temblando de miedo, enmudeció” (Patriarcas y profetas, p. 411). La gloria de la presencia de Dios, como una luz brillante y ardiente, refulgió desde el Tabernáculo. “Todo el pueblo presenció la manifestación del Señor” (ibíd.). Ninguno se atrevió a arrojar las piedras ahora. Los diez espías que habían comenzado todo se agacharon, huyendo lo más rápido que pudieron para esconderse en sus tiendas.
Moisés se levantó del suelo y entró en el Tabernáculo. Dios le dijo que concedería la oración del pueblo de morir en el desierto. Todos los de veinte años hacia arriba morirían en el desierto, excepto Caleb y Josué, los dos espías fieles que creyeron en sus promesas. Ellos vivirían para entrar en la gloriosa Tierra Prometida.

Tomado de devoción matutina para menores 2016
¡GENIAL! Dios tiene un plan para ti
Por: Jan S. Doward
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