domingo, 5 de junio de 2016

PORQUE DIOS NOS VE

Dios está en los detalles. Mies van der Rohe

A los treinta años, Miguel Ángel ya había esculpido la Piedad y el David, y poco después el papa Julio II le encargó pintar el techo de la Capilla Sixtina, en el Vaticano. Aunque tentado a rechazar el encargo, finalmente lo aceptó. Cuatro años después y tras haber perdido parte de su salud en el esfuerzo prolongado de pintar mirando hacia el techo, Miguel Ángel había dejado huella en la historia de la pintura. Sus frescos mostraban tal nivel de detallismo que un observador preguntó: “¿Por qué ha pintado tantos detalles, si nadie podrá verlos?” Miguel Ángel respondió: “Porque Dios los ve”.
¿Qué mayor incentivo podría tener nuestra vida profesional, así como nuestra vida fuera del trabajo, que la convicción de que estamos bajo la dirección de Dios, bajo la mirada atenta de Dios, sujetas a la aprobación de Dios?
Este es uno de los caminos más directos a la felicidad y, de paso, nos evitaría decepciones y falsas expectativas. Por eso las Escrituras nos exhortan: “Realicen su trabajo de buena gana, como un servicio al Señor y no a los hombres” (Efe. 6:7). Esta perspectiva marca la diferencia.
¿Te imaginas cómo sería este mundo si todos tuviéramos este concepto? La ética cotidiana, tanto profesional como familiar y social, sería completamente diferente a lo que es hoy. La que nos vende en el puesto del mercado nunca usaría una balanza falsa ni se le cruzaría por la mente cobramos de más. El que trabaja en una oficina sería siempre puntual y no dedicaría tiempo a sus intereses personales, pues tendría bien presente que ese tiempo no le pertenece. Los enfermeros trabajarían por empatía y los abogados nunca mentirían. No habría traficantes de drogas, ni prostitutas, ni ladrones…
Pero no podemos cambiar el mundo, solo podemos cambiamos a nosotras mismas.
¿Qué hace falta para que veamos nuestro trabajo no como una obligación, sino como una inspiración? ¿Por qué no probamos a tener siempre presente que el jefe no es la persona que nos da el salario, sino la que salva nuestra alma del pecado, y nuestra rutina de la apatía y la mediocridad? Lo mismo se aplica si nuestro trabajo no es fuera de casa, sino al frente del hogar. Trabajemos para agradar a Dios, no a los demás. Demos el ciento por ciento en lo grande y en lo pequeño, viendo en cada detalle, por insignificante que parezca, una posibilidad de marcar la diferencia.

“Realicen su trabajo de buena gana, como un servicio al Señor y no a los hombres” (Efe. 6:7).

Tomado de Lecturas Devocionales para Damas 2016
ANTE TODO, CRISTIANA
Por: Mónica Díaz
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