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lunes, 27 de enero de 2020

CORONA DE GLORIA Y DIADEMA DE REALEZA

“Y serás corona de gloria en la mano de Jehová y diadema de realeza en la mano del Dios tuyo”(Isaías 62:3).
El anhelo más grande del pueblo de Israel cautivo en Babilonia era regresar a Jerusalén, restaurar el templo, gozar de libertad de culto y volver a sus costumbres y tradiciones. Con la conquista de Babilonia por el rey Ciro de Persia en 539 a.C., se abrió una ventana de esperanza, pues el conquistador persa estaba citado por nombre en la profecía escrita cien años antes del acontecimiento (Isa. 44:28). Un año después de la toma de Babilonia, en 538 a.C., Ciro decretó el edicto que concedía la libertad a los judíos y les permitía regresar a su tierra, reconstruir el templo de Jerusalén y rehacer su vida en su patria. No solo les concedió el permiso de retorno, sino que les devolvió todo el oro, la plata y los tesoros que Nabucodonosor había expoliado del templo (Esd.1).
A pesar de la buena noticia, la materialización del proyecto no iba a ser fácil, según relata el libro de Esdras. Primero, solo una parte de los exiliados decidió aprovechar la oportunidad de volver a Judá. Segundo, muchos de los que regresaron (especialmente los más ancianos) lloraron porque la restauración del templo no iba a alcanzar la gloria original. Tercero, los adversarios detuvieron la reedificación del templo. También sabemos por el profeta Hageo que muchos, en vez de edificar la casa del Señor, pusieron su empeño en edificar sus propias casas; y cuando finalmente decidieron acometer la reedificación del templo, tuvieron que enfrentarse a escasez y adversidad.
El capítulo 62 de Isaías llega precisamente en esos momentos difíciles para el pueblo de Dios y comunica esperanza, promesas y ánimo. Una de las metáforas es la del versículo de hoy: corona de gloria y diadema de realeza. A lo largo de la historia de la humanidad se han usado múltiples adornos corporales para conferir autoridad, distinción y honor: tiaras, mitras, coronas, guirnaldas, fajines, cintas, bandas, medallas y medallones. Pero la corona y la diadema del versículo de hoy son muy diferentes: vienen de la mano de Dios. Los privilegios y los honores tienen valor en función de quién los otorgue. Y no hay jerarquía más alta que el Rey del universo. No consideres la dignidad que viene de manos humanas. Es imperfecto quien la confiere y quien la recibe. Considera, pues, la dignidad que viene de Dios y nos hace perfectos al recibirla. ¡Que privilegio tan excelso!

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2020
UN CORAZÓN ALEGRE
Julián Melgosa y Laura Fidanza
Lecturas devocionales para Adultos 2020

lunes, 3 de diciembre de 2012

DIJO «NO» AL REY


Pero la reina [Vasti] se negó a cumplir la orden que el rey le había dado por medio de sus hombres de confianza. Ester 1:12

Recuerdas a Vasti, la reina que fue destronada por desobedecer una orden de su esposo, el rey Asuero? Dicen las Escrituras que en el tercer año de su reinado, Asuero dio una fiesta en honor a todos los altos funcionarios de su gobierno. Esta no fue una fiesta cualquiera, pues duró nada menos que seis meses. Después de esa «fiestecita» ofreció otra, de «solo» siete días, durante la cual por orden real se repartió vino a todos los habitantes de Susa, la capital de su reino.
Aquí viene la parte interesante. Cuando la fiesta llegaba a su final, Asuero dio la orden a algunos de sus funcionarios de que trajeran a Vasti, la reina, «luciendo su corona real, para que el pueblo y los grandes personajes pudieran admirar su belleza» (Ester 1:11). Pero Vasti dijo «no». Y el rey, como puedes imaginar, se enojó mucho. Consultó a sus consejeros y ellos recomendaron que la reina Vasti fuera depuesta, alegando que había dado un mal ejemplo a las demás mujeres del reino. Y el rey así lo ordenó.
¿Hizo Vasti lo correcto? ¿Tú qué piensas? No sabemos exactamente por qué la reina se negó a exhibir su belleza ante los presentes en la fiesta. Lo que sí podemos suponer con certeza es que las razones deben haber sido muy poderosas porque, ¿qué reina va a querer desprenderse de su trono por cualquier tontería?
Aunque no podemos probar nada, parece muy razonable suponer que Vasti consideró inapropiado o deshonroso exhibir su belleza ante personas que habían estado tomando alcohol durante siete días seguidos. En otras palabras, entre el trono y el honor, escogió el honor. Entre el trono y sus convicciones, escogió sus convicciones. Y si estas fueron en realidad sus razones, entonces su conducta es digna de admiración y de respeto. Es verdad que perdió su corona real, pero conservó una corona de mucho mayor valor, una que nadie le pudo quitar: la de su dignidad como persona, la del respeto propio. Porque ¿qué es el respeto propio? ¿No es, acaso, la consideración que damos a nuestro sentido de lo recto, a nuestra convicciones?

Señor Jesús, al igual que tú, ayúdame a ser fiel a mis convicciones.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

sábado, 28 de abril de 2012

¿ES SUFICIENTE LA SINCERIDAD?


Y esto pido en oración: que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en toda comprensión [...], a fin de que seáis sinceros e irreprochables para el día de Cristo. Filipenses 1:9,10, RV95.

Hace ya unos cuantos años, en Los Ángeles, California, una joven llamada Ángela murió después de un tiroteo con la policía. Durante su funeral el sacerdote oficiante dijo: «Ángela era una muchacha sincera, honesta y querida que, al igual que Cristo, murió por sus creencias». Resulta curioso que al describir a la misma joven, el escritor Charles Swindoll afirmó que Ángela era «una bandida depravada, prófuga de la justicia, entrenada en el siniestro arte de matar» (The Quest for Character [La búsqueda del carácter], p. 65).
¿Estaban el sacerdote y el escritor hablando de la misma persona? Uno la describe como una persona honesta, e incluso la compara con Cristo porque sinceramente murió por sus creencias; el otro, la describe como una asesina.
¿Por qué semejante contradicción? El problema está en la manera en que el sacerdote entiende la palabra «sinceridad». En su opinión, Ángela era digna de admiración por su «sinceridad» en lo que creía y hacía. Pero la pregunta que cabe aquí es: ¿Hay algún mérito en creer sinceramente en el error? ¿O en hacer sinceramente algo malo? Si la virtud está en la sinceridad de la persona, independientemente de cuan bueno o malo sea lo que haga, entonces probablemente deberíamos librar de toda culpa a Judas y a muchos otros que sinceramente hicieron lo malo.
¿Cómo determinamos si un acto es correcto o incorrecto? No es precisamente por la sinceridad con que se lo ejecute. Un acto será bueno si armoniza con los principios de la Palabra de Dios. Será malo si contradice esos principios, no importa  cuán sinceros seamos al realizarlo.
¿Significa esto que no hay valor alguno en la sinceridad? Sí lo hay. Dios quiere que con sinceridad plena creamos y practiquemos la verdad, que hagamos lo correcto y sirvamos al prójimo. Porque la sinceridad tiene valor, pero cuando va acompañada de todo lo que es verdadero, lo respetable, lo justo, lo puro y lo amable (ver Fil. 4:8).
Por esta razón, en nuestro texto de hoy el apóstol Pablo ora, no solo para que seamos sinceros, sino también irreprochables. E irreprochable significa... intachable, recto, íntegro.
Señor, ayúdame a ser sincero y  también en mis pensamientos, palabras y actos.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala