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domingo, 16 de diciembre de 2012

¿MONTAR DOS CABALLOS A LA VEZ?


Opina el necio que su camino es derecho, pero el sabio obedece el consejo. Proverbios 12:15, RV95

Hace años leí el relato de un joven que cierto día quiso montar dos caballos a la vez. Los colocó uno al lado del otro y él se ubicó, de pie, con una pierna sobre cada animal. Entonces comenzó a avanzar. Cuando vio que la idea estaba funcionando de maravilla, aligeró el paso. Entonces ocurrió lo imprevisto: los animales comenzaron a separarse gradualmente. Cuando el joven vio el peligro, pensó saltar sobre un caballo. ¿Pero cuál de los dos escogería? Cuando finalmente saltó, ya era muy tarde. Terminó comiendo polvo.
Tenía dos opciones, pero no aprovechó ninguna. O sea, ni una cosa ni la otra. Y al final terminó en el suelo. ¿No es esta una ilustración muy apropiada de quienes quieren estar bien con Dios y con el mundo? Un pie en la iglesia y otro en el mundo. No son ni una cosa ni la otra y, al final, terminan en el suelo.
El conocido dicho popular nos exhorta a «no asar dos conejos a la vez porque uno se nos va a quemar». Pero con el joven que quiere amar a Dios y al mundo la cosa es peor: en lugar de un conejo, se le queman los dos, porque no existe una entrega completa en un sentido u otro. Y en este punto pongamos las cartas sobre la mesa: si bien es cierto que Dios espera de ti una entrega completa, lo mismo espera el mundo. Dar el «sí» a Dios significa decirle «no» al mundo. Dar el «sí» al mundo significa decirle «no» a Dios. Así de sencillo. No podemos servir a dos señores (ver Luc. 16:13).
Otra cosa: El «sí» a Dios, además de significar «no» al mundo, jamás puede ser un «casi». Es un «sí» pleno, total, completo. Y es así porque hay cosas en la vida que no admiten un «casi». Como bien lo dijo alguien: «Casi dulce es insípido, casi caliente es tibio, casi sano es enfermo, casi cristiano es... ¡mundano!».
¿Y «casi salvos»? «Casi, pero no totalmente salvos, significa ser no casi sino totalmente perdidos» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 90).
Entonces, ¿intentaremos montar dos caballos a la vez? ¡Ni pensarlo! A menos que queramos comer polvo. Pero, ¿quién va a ser tan tonto?

Padre celestial, té entrego completamente mi vida. Úsala de acuerdo a tu voluntad.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

viernes, 16 de noviembre de 2012

¿MAÑANA?


Si hoy escuchan ustedes lo que Dios dice, no endurezcan su corazón. Hebreos 4:7

Si Ripley, el autor de la famosa serie «Aunque usted no lo crea», hubiera existido cuando el Imperio Romano estaba en su esplendor, creo que habría incluido a Félix en su repertorio de casos increíbles.
Félix fue un esclavo que llegó a ser gobernador de Judea y Samaria, gracias a los «buenos oficios» de su hermano Pallas. Félix y Pallas habían sido esclavos de Antonia, la madre del emperador Claudio. Cuando Antonia murió, los dos hermanos pasaron a servir al emperador. Pallas llegó a ser uno de los siervos favoritos de Claudio, y cuando se necesitó un gobernador para Judea, Pallas usó su influencia para que su hermano Félix se quedara con el cargo.
Como esclavo, Félix no tenía posibilidad alguna de casarse con un miembro de la realeza. Pero como gobernador, la cosa cambió por completo. Gracias a esa posición de poder, Félix logró casarse con Drusila, la hija menor de Herodes Agripa I.
Un día, ya siendo oficial del Imperio, Félix escuchó predicar al apóstol Pablo. Dice la Biblia que cuando Pablo «habló de una vida de rectitud, del dominio propio y del juicio futuro, Félix se asustó y le dijo: "Vete ahora. Te volveré a llamar cuando tenga tiempo"» (Hech. 24:25). Pero Félix postergó su decisión y nunca se arrepintió. ¿Por qué? Sospecho que la respuesta hay que buscarla en una persona que ese día estaba en el salón, muy cerca de él, y que también escuchó el sermón de Pablo. Su nombre: Drusila. Para entregarse a Cristo, Félix primero debía abandonar a Drusila, con quien estaba casado de manera ilegítima. Y ese, al parecer, era un precio que Félix no estaba dispuesto a pagar.
¡Qué triste! En realidad, Félix nunca dejó de ser esclavo.
Cuando pienso en Félix, me pregunto: ¿Qué o quién ocupa el primer lugar en mi vida? ¿Y en tu vida? ¿Hay algo (una persona, un hábito, un pasatiempo...), que en este mismo momento se está interponiendo entre Dios y tú; algo que te impide entregarle tu corazón al Señor Jesús? Si lo hay, tienes dos opciones.
Una, al igual que Félix, postergar la decisión de arrepentirte. La otra, la que sugiere nuestro versículo de hoy: no endurecer tu corazón. Definitivamente, esto último es lo mejor.

Señor Jesús, ayúdame a darte el lugar central en mi corazón, comenzando hoy.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala