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martes, 28 de enero de 2020

SIERVAS Y MISIONERAS

«Solamente mi siervo Caleb ha tenido un espíritu diferente y me ha obedecido fielmente. Por eso a él sí lo dejaré entrar en el país que fue a explorar, y sus descendientes se establecerán allí» (Núm. 14: 24). 

Después de horas de viaje observando hermosos paisajes, llegamos a las tierras de la población indígena de los cabécares, en Costa Rica. No íbamos de paseo, íbamos a trabajar ardua y duramente a favor de esa comunidad. Mis hijos me acompañaban. Razyel, a pesar de su corta edad, sirvió a los cabécares en todo lo que pudo, y en su interior se encendió el deseo de bautizarse con ellos.
—iMamá, por favor, déjame bautizarme con los cabécares! —me pidió con un hermoso brillo en los ojos; y añadió—: Me gusta ser una sierva y una misionera de Dios.
Se me hizo un nudo en la garganta cuando mi hija bajó a las aguas del bautismo. No pude evitar pensar en las palabras que había usado: «sierva» y «misionera». Quería ser una sierva de Jesús para convertirse en misionera, y por eso deseaba entregarse a él por medio del bautismo.
La palabra griega que usa el Nuevo Testamento donde nosotros leemos «siervo» es doulous. Se refiere a la persona que está en sujeción a otra desde el punto de vista social y económico pero, empleada en el contexto del cristianismo, es una metáfora de la entrega total que una persona hace de su voluntad (su tiempo, sus talentos, sus decisiones, sus recursos) a la voluntad de Cristo, para contribuir así en lo que podamos al avance de su obra. Se trata de poner la obra de salvación por encima de nuestros propios intereses personales.
«Sierva» y «misionera»; eso que quería ser mi hija es lo que debiéramos querer ser nosotras, y serlo de tal modo que también los demás lo noten. Los siervos de Dios siempre tienen una misión que cumplir, retos que enfrentar y batallas que librar. Caleb, el ejemplo que tomamos de nuestro versículo de hoy, fue llamado por Dios siervo «por cuanto hubo en él otro espíritu». El espíritu de siervo del Señor: vivir por la fe, obrar en consecuencia y ser luz para el pueblo. El Señor lo bendijo enormemente, permitiéndole el acceso a la tierra prometida.
¿Visualizas tú nuestra tierra prometida, esa morada eterna en la que seguiremos siendo siervas de Cristo por amor? Si es así, decide cada día ser sierva y misionera.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2020
UN DÍA A LA VEZ
Patricia Muñoz Bertozzi
Lecturas Devocionales para Mujeres 2020.

domingo, 30 de junio de 2013

LAS COSAS NO TENDRÍAN QUE SER ASÍ

¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? (Isaías 58: 7).

George R. Knight cuenta la historia de Ana More. Gozaba de una excelente educación y de un gran potencial para hacer una buena contribución en favor del adventismo. Era una ávida lectora y había aprendido de memoria el Nuevo Testamento. Tenía una amplia experiencia como maestra, como administradora de escuelas y como misionera a favor de los desplazados de las tribus Cherokee y Chac-taw de Oklahoma. También había sido misionera en África Occidental bajo la administración de la American Missionary Association.
Pero un día se encontró con el pastor S. N. Haskell que le entregó muchas publicaciones adventistas, entre ellas, el libro de J. N. Andrews, History of the Sabbath [Historia del sábado]. Cuando regresó a África, se convirtió al adventismo. Fue repudiada por su organización misionera, por lo cual en la primavera de 1867, se dirigió hacia Battle Creek, Michigan, esperando encontrar desahogo y trabajo entre sus hermanos adventistas. Pero al llegar a Battle Creek, los White estaban de viaje y Hannah no pudo encontrar ni trabajo ni un lugar donde quedarse.
Rechazada por los adventistas, se fue a vivir con unos antiguos compañeros misioneros que vivían al norte de Michigan. A pesar de la forma como los adventistas la habían tratado, no abandonó su fe. Los White, comprendiendo la tragedia, establecieron comunicación postal con ella, prometiendo alojarla en Battle Creek en primavera. Pero tal reparación de la falta ya no se produciría. Ana More enfermó en febrero y murió el 2 de marzo de 1868. Elena G. de White comento después que «murió como un mártir del egoísmo y falta de compasión de los creyentes observadores de los mandamientos» (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 584).
Años más tarde, cuando los adventistas trataban de iniciar su programa de misiones extranjeras, Elena G. de White escribió en la Review and Herald: «¡Qué útil nos habría sido Ana More para ayudarnos a alcanzar a otras naciones en este momento!. Su extenso conocimiento de los campos misioneros nos habría dado acceso a quienes hablan otras lenguas, a los cuales ahora no nos podemos acercar. Dios puso entre nosotros ese don para suplir una necesidad actual, pero no supimos apreciarlo y nos lo arrebató».
Observa los rostros de las visitas los sábados. Saluda, invita, ayuda. Tu amor por las personas es más importante que el conjunto de «doctrinas verdaderas». La verdad no se asienta en el intelecto, se encarna en las acciones.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
¿Sabías que..? Relatos y anécdotas para jóvenes
Por Félix H. Cortez