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martes, 5 de abril de 2016

SOLIDARIO – PARTE 2

«No mates a los sabios. Llévame ante el rey, y yo le explicaré todo su sueño». Daniel 2: 24

Ayer hablamos de la solidaridad y de lo bueno que es ayudar a otros. Hoy quiero hablarte de un joven que fue muy sabio y solidario. Su nombre era Daniel. Él y sus amigos fueron llevados a un lugar que no era su hogar. El rey de ese país tuvo un sueño, pero no lo recordaba. Así que mandó a llamar a los sabios de su reino para que le dijeran qué había soñado y qué significaba aquel sueño. Los sabios no sabían la respuesta, así que el rey los mandó a castigar.
Cuando Daniel escuchó esto, oró junto a sus amigos, para que Jesús le mostrara lo que el rey había soñado y qué significaba.
¿Sabes, amiguito? Daniel no oró solo por él y por sus amigos. Oró también por aquellos que no eran sus amigos. No quería que castigaran a nadie. Fue solidario con todos. Así logró salvarles la vida.
Debes seguir el ejemplo de Daniel y ser solidario con tus amigos y con quienes no lo son. Verás que te sentirás feliz de hacerlo.

Oración: Jesús, ayúdame a ser solidario con mis amigos y con quienes no son mis amigos.

Pasito a pasito, Crezco y aprendo
¡Vive y crece sanamente!
Por: Kathy Hernández de Polanco
#ViveYCreceSanamente  #MeditacionesMatutinas #DevociónMatutinaParaPreescolares #vigorespiritual #plenitudespiritual #FliaHernándezQuitian

domingo, 12 de mayo de 2013

CUESTIÓN DE DINERO

Lugar: Australia
Palabra de Dios: Filipenses 4:19

El profesor Greene oyó un golpe en la puerta de su oficina, y al levantar la vista vio a una de sus alumnas. Antes de que ella dijera una palabra, el profesor se dio cuenta de que algo no andaba bien.
- Entra, Elizabeth - le dijo - Siéntate.
Elizabeth trató de contener las lágrimas, mientras se sentaba.
-Acabo de recibir un aviso de la oficina de Administración -le dijo al profesor-. Si no puedo pagar la cuenta de mis estudios para fin de mes, voy a tener que irme del colegio.
Ella le explicó que sus padres no podían ayudarla, y que no se le ocurría ninguna manera de conseguir el dinero para esa fecha. Su situación parecía desesperada.
-Ojalá tuviera alguna forma de ayudarte -le dijo el profesor Greene-. Todo lo que puedo hacer es orar por ti. Si oras fielmente cada día, yo haré lo mismo.
Los dos oraron todos los días, pidiendo a Dios que arreglara las cosas de alguna manera, para que Elizabeth pudiera quedarse en el colegio. Pero, cuando no recibió ninguna respuesta, Elizabeth empacó sus cosas y se preparó para volver a su casa, creyendo que Dios tenía otros planes para ella.
Antes de irse, pasó por la oficina del profesor Greene, para despedirse. Él tenía una carta en la mano. Se la había enviado una pareja de misioneros que se había graduado allí hacía varios años. "Estuvimos pensando en los problemas financieros que tuvimos cuando éramos alumnos", decía la carta. "Nos gustaría ayudar a algún estudiante necesitado". Dentro del sobre, había suficiente dinero como para cubrir la cuenta de Elizabeth.
-Gracias, Señor. Gracias -oró Elizabeth una y otra vez.
Ella creyó firmemente en la promesa que se encuentra en el libro de Filipenses: "Así que mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús".

Tomado de Devocionales para menores
En algún lugar del mundo
Por Helen Lee Robinson

sábado, 5 de enero de 2013

LA IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN

Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía. Daniel 1:8.

La oración no es entendida como se debiera. Nuestras oraciones no han de informar a Dios de algo que él no sabe. El Señor está al tanto de los secretos de cada alma. Nuestras oraciones no tienen por qué ser largas ni decirse en voz alta.  Dios lee los pensamientos ocultos. Podemos orar en secreto, y el que ve en secreto oirá y nos recompensará en público...
La oración no tiene por objeto obrar un cambio en Dios; nos pone a nosotros en armonía con Dios. No reemplaza al deber... La oración no pagará nuestras deudas a Dios. Los siervos de Cristo han de depender de Dios como Daniel en la corte de Babilonia. Daniel sabía el valor de la oración, su intención y su objetivo; y las oraciones que él y sus tres compañeros ofrecieron a Dios después de ser escogidos por el rey para la corte de Babilonia, fueron contestadas.
Había otro grupo de cautivos [entre los] llevados a Babilonia. El Señor les permitió a estos que fuesen arrancados de sus hogares y llevados a una tierra de idólatras porque ellos mismos continuamente se introducían en la idolatría.  El Señor les permitió tener todo lo que desearan de las prácticas idólatras de Babilonia...
De acuerdo con la sabiduría del mundo, él [Daniel] y sus tres compañeros tenían toda la ventaja asegurada a su favor. Pero aquí debía sobrevenirles su primera prueba. Sus principios tenían que entrar en colisión con los reglamentos y las órdenes del rey...
Daniel y sus tres compañeros no fueron de la opinión que, debido a que sus alimentos y bebidas provenían por decreto del rey, era su deber participar de ellos. Oraron por el asunto y estudiaron las Escrituras. El carácter de su educación había sido tal que sentían que incluso en su cautiverio dependían de Dios... La apariencia de Daniel y sus compañeros era como la que debiera tener todo joven. Eran corteses, bondadosos, respetuosos y poseían la gracia de la mansedumbre y la modestia...
Cuando estamos rodeados por influencias destinadas a apartarnos de Dios, nuestras peticiones de ayuda y fuerza deben ser incansables. A menos que así sea, nunca tendremos éxito en quebrantar el orgullo y en vencer el poder que nos tienta a cometer excesos pecaminosos que nos apartan del Salvador.— Youth's Instructor, 18 de agosto de 1898.

Tomado de Meditaciones Matutinas para adultos
Desde el Corazón
Por Elena G. de White

lunes, 17 de diciembre de 2012

ORACIONES INTERCESORAS


Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual. (Colosenses 1:9).

Hace poco que murió mi madre. Uno de los recuerdos que tengo de ella es que cada noche oraba de rodillas ante su cama. Mi mamá mencionaba en sus plegarias a cada miembro de su familia. En especial oraba para que mi padre se entregara a Cristo. Esa fue una oración que Dios le contestó poco antes de que ella muriera. También suplicaba por cada uno de sus hijos e hijas. De hecho, el bautismo de mi hermana mayor y de su esposo fue otra de sus oraciones contestadas. Su lista era larguísima, hasta el punto de que en ocasiones a mí me vencía el cansancio y me quedaba dormida mientras ella seguía orando. 
Mientras ella vivía yo abrigaba la seguridad de que estaba suplicando por mí. Aunque estuviera fuera del país yo no sentía temor alguno, porque confiaba en que las oraciones intercesoras de mi madre llegarían a los oídos de Dios, quien en su infinito amor le contestaba fielmente.
Tras su muerte me perturbaba el terrible pensamiento de que ya nadie oraría por mí. Sin embargo, después de tanto llorar y hablar con Dios en oración, hoy comprendo que mi madre entendía muy bien que en la batalla del cristiano es muy importante la devoción personal. Es menester buscar a Dios en oración y abrir nuevos canales a través de los cuales Dios puede hacer cosas maravillosas. De lo contrario, si no lo hacemos, estaremos limitando su bendición.
Querida hermana, deseo exhortarte a acudir diariamente ante el trono celestial y reclamar las promesas que Dios nos ha confiado. Jesús nos dijo en Mateo 7:7-8: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad y se os abrirá, porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».
Pongamos nuestra confianza en Cristo, quien escucha todas nuestras plegarias y conoce nuestros corazones. Las oraciones intercesoras cambian nuestras vidas y las vidas de los demás.  Oremos las unas por las otras.

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa
Por Flor Valoy de Catón

viernes, 9 de noviembre de 2012

LO QUE MÁS TEME EL ENEMIGO


Resistan al diablo, y este huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. Santiago 4:7,8.

Si hay algo que el diablo teme es ver a un joven cristiano que, de rodillas, ora al Padre celestial en el nombre del Señor Jesucristo. Esta realidad la expresó muy bien Samuel Chadwick cuando escribió que el enemigo puede ridiculizar nuestros mejores esfuerzos y puede incluso burlarse de nuestra sabiduría, pero tiembla cuando oramos.
Un buen ejemplo de lo que ocurre cuando un cristiano ora lo encontramos en la historia de John Knox, el campeón de la Reforma en Escocia. Al igual que Elías, el profeta del Antiguo Testamento, las oraciones de Knox no solo hacían temblar al diablo, sino también a los gobernantes de su tiempo. De hecho, se cuenta que Mary Stuart, la reina de Escocia, llegó a decir: «Temo a las oraciones de John Knox más que a un ejército de diez mil hombres» (John Hudson Tiner, For Tiróse Who Daré [Para los que se atreven], p. 36).
¿De dónde obtuvo Knox semejante fuerza espiritual? De su comunión diaria con Dios. Knox no solo oraba por él, sino que también intercedía por sus feligreses y por su querida patria. Su constante plegaria era: «¡Oh, Dios, dame a Escocia, o me muero!». Y Dios le dio a Escocia, porque una vez que ahí se encendió la luz del evangelio de Jesucristo, ya nunca se apagó.
Se cuenta que en una ocasión la misma reina, Mary Stuart, lo culpó de hereje, por enseñar al pueblo a obedecer a Dios antes que a los gobernantes. ¿Cuál fue respuesta de Knox? «Si toda la simiente de Abraham —dijo— hubiera sido de la religión del faraón del cual fueron súbditos por largo tiempo, le pregunto, señora, ¿qué religión habría hoy en el mundo? Y si en los días de los apóstoles todos hubieran sido de la religión de los emperadores de Roma, dígame, señora, ¿qué religión habría hoy en el mundo?» (Elena. G. de White, El conflicto de los siglos, p. 256).
¿Quieres disfrutar de una vida cristiana poderosa, como el sol del mediodía; refrescante, como la brisa de la mañana? Entonces aparta cada día unos minutos para hablar con Jesús. Haz una cita con él cada mañana. Ábrele tu corazón y confíale tus temores, tus planes, tus esperanzas. Él estará ahí, fin falta; porque además de tu salvador, es también tu mejor amigo.
Querido Jesús gracias por ser mi Salvador y también mi mejor amigo.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

sábado, 13 de octubre de 2012

ORE CON ALGUIEN


Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mateo 18:20)

No hay duda de que, cuando de la oración se trata, en el número está la fuerza. ¿Pero hace falta mucha gente orando para convencer a Dios de que haga lo correcto? Además de ser útil para desarrollar una relación personal y única con Dios, la oración también fue instituida para fomentar la vida comunitaria.
En última instancia, la oración pública tiene como fin llevarnos a la unidad. Antes de llevar a sus discípulos al Getsemaní, Jesús oró «para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad» (Juan 17:21-23).

Vivimos en una sociedad centrada en el yo, Por supuesto que todos somos individuos únicos, pero parece que hemos escogido proteger y enfatizar las diferencias antes que aquello que tenemos en común. Desde el principio, el argumento de Satanás ha sido que la unidad del cielo inhibe el crecimiento personal y la autorrealización y que seguir la propia conveniencia es mucho más provechoso que trabajar para el bien común.
Hoy en día, incluso en la iglesia, se pone el énfasis en la diversidad. Aunque el intento de unirnos en la diferencia es una medida bien intencionada, el resultado es que en unos aspectos parece que está abriendo una brecha entre generaciones, sexos, razas y culturas.
Por supuesto que somos diferentes. Sin embargo, como las piezas de un rompecabezas encajan entre sí para formar un cuadro mayor, es preciso que nos veamos a nosotros mismos no como lo único que importa, sino como parte de una realidad mayor: la familia de Dios. Aunque nunca llegaremos a vernos cara a cara en todos los aspectos, es preciso que lleguemos a la unidad a pesar de nuestras diferencias. Eso se consigue mediante la oración.
En el acto de reconocer una necesidad que usted o la iglesia pueda tener, y orar por ella, yo me uno a usted. «Nadie ora como es debido si solamente pide bendiciones para sí mismo» (El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, p. 90). Basado en Lucas 18: 1-8.

Tomado de Meditaciones Matutinas
Tras sus huellas, El evangelio según Jesucristo
Por Richard O´Ffill