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jueves, 20 de junio de 2013

EL SEÑOR ES MI PASTOR, RECONFORTA MI ALMA

Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar. Salmo 46:1-2.

Cuando el alma se abate por alguna circunstancia externa, todas las defensas de nuestro organismo se inhiben. Cualquier caída emocional nos hace vulnerables y propensas a sufrir enfermedades de toda índole. Los sentimientos y las emociones como la tristeza, la desgana, la ansiedad y el miedo, son los signos predominantes en alguien que se siente abatido.
La pérdida de esperanza y de fe constituye el síntoma más grave de una persona que es presa del abatimiento de corazón. Siente que Dios está lejano y ausente, lo cual hace que las jornadas diarias le resulten pesadas y difíciles de enfrentar. Entonces, la voluntad se quebranta y la persona queda a la deriva, incapacitada para tomar decisiones importantes. La impotencia que se siente es tal, que faltan las fuerzas para tomar cualquier decisión.
Jesús, nuestro cariñoso pastor, está dispuesto a confortarnos cuando nuestras fuerzas naturales se agotan por causa de las vicisitudes de la vida. Él únicamente puede decir: «El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros» (Isa. 61: 1). Sanidad del corazón herido y liberación de nuestras prisiones mentales y reales, esa es la promesa.
Cuando el alma es confortada por el divino Pastor, se recobran las fuerzas perdidas, renace la esperanza y el ánimo apocado desaparece para dar paso a un nuevo espíritu de lucha que nos hace fuertes frente a los desafíos.
Que tu oración en este día sea: «Ten compasión de mí, oh Dios; ten compasión de mí, que en ti confío. A la sombra de tus alas me refugiaré, hasta que haya pasado el peligro» (Sal. 57: 1).
Amiga, si hoy al despertar creíste haber perdido la voluntad para continuar en la lucha, déjate apacentar por el buen Pastor, quien te «guía por sendas de justicia por amor a su nombre» (Sal. 23: 3). Si caminas por esas sendas de justicia, irás en la dirección correcta. Asegurarás tu bienestar personal y tendrás paz interior. Solamente busca conocer la voluntad de Dios y, en actitud de sumisión, disponte a cumplirla.

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado

jueves, 18 de agosto de 2011

UN PACTO QUEBRANTADO

Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre, como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles. Hechos 4:36, 37.

La iglesia cristiana estaba naciendo y necesitaba los recursos económicos de todos sus feligreses para la expansión del evangelio. Los apóstoles hicieron llamados fervientes con el propósito de que cada cristiano se comprometiera y le entregara a Dios parte de sus recursos.
Bernabé, uno de esos cristianos sinceros, se sintió llamado a vender la propiedad que poseía, y luego trajo el dinero y lo entregó en manos de los dirigentes eclesiásticos. Todo el resto de la hermandad alabó grandemente este hecho de desprendimiento y generosidad, y muchos otros se sintieron llamados a imitarlo.
Entre ellos estuvieron Ananías y Safira. Ellos eran una pareja casada que se había bautizado y formaba parte de esa iglesia naciente, y como también querían colaborar, le prometieron a Dios vender una heredad y traer el dinero a los apóstoles. Una vez que lo hicieron, notaron que habían recibido mucho más dinero del que esperaban, y poniéndose de acuerdo, sustrajeron del precio.
Ananías llegó ante los apóstoles y fingió traer el total de lo prometido. Entonces Pedro le dijo: "Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?" (Hech. 5:3). Dios había revelado a los apóstoles el engaño que había planeado este matrimonio, y la sentencia divina no tardó en llegar. Ambos murieron de forma dramática.
El ejemplo de lo narrado en Hechos capítulo 5 es una amonestación para los cristianos de todos los tiempos. Las promesas a Dios tienen la misma seriedad que las hechas a los seres humanos. Aunque a Dios no se lo pueda ver, aunque no haya una confirmación audible de que escuchó la promesa, quien promete y no cumple está pecando contra su vida. En este aspecto, el sabio Salomón advierte: "Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes" (Ecles. 5:4).
Si Dios cumple sus promesas contigo, no tardes en cumplir tus promesas para con él. El resultado será una gran bendición.

Tomado de meditaciones matinales para jóvenes
Encuentros con Jesús
Por David Brizuel