viernes, 19 de febrero de 2016

"ESTA LUCECITA MÍA"

“La luz verdadera que alumbra a toda la humanidad venía a este mundo”. Juan 1:9, DHH

Llevamos décadas entonando aquel corito: “Esta lucecita mía, la dejaré brillar”.
En realidad, la luz no nos pertenece a ninguno ¿verdad? Es la luz de Cristo, “la Luz del mundo”. Y, según declara nuestro texto, él es la Luz que ilumina a toda la humanidad.
“Así como por Cristo todo ser humano tiene vida, así por su medio toda alma recibe algún rayo de luz divina. En todo corazón existe no solo poder intelectual, sino también espiritual, una facultad de discernir lo justo, un deseo de ser bueno” (La educación, cap. 4, p. 28).
Malvados y crueles asirios de Nínive, centuriones romanos, gente secular posmoderna: no importa. Jesús es la Luz del mundo que titila dentro de todos nosotros.
Por esa razón, el llamamiento final de Dios a “los elegidos” incluirá amplios sectores de musulmanes suníes y chiíes, hindúes, budistas, judíos, cristianos y hasta ateos. Al final, ¿cuál será la norma que determinará su condición de elección? Será la medida de luz que brilló en su alma. Ninguno de nosotros será juzgado por la luz que no tenía. Todos daremos cuentas de la luz que sí teníamos.
“Nuestra situación delante de Dios depende, no de la cantidad de luz que hemos recibido, sino del empleo que damos a la que tenemos. Así, aun los paganos que eligen lo recto en la medida en que los pueden distinguir, están en una condición más favorable que aquellos que tienen gran luz y profesan servir a Dios, pero desprecian la luz y por su vida diaria contradicen su profesión de fe” (El Deseado de todas las gentes, cap. 24, p. 212; la cursiva es nuestra).
Hace unos días preguntamos: ¿Puede un pagano seguir siendo pagano y, pese a ello, ser salvo? La evidencia de las Escrituras lleva a esa conclusión, Sí. Entonces, ¿de qué sirve seguir siendo misioneros, evangelizadores y testigos de Jesús? Simple. La vasta mayoría de los hijos paganos de Dios no están a la altura de la luz que tienen. Las cárceles, los burdeles, los casinos, las universidades, los gobiernos y los barrios del mundo están llenos de paganos que han rechazado abiertamente la luz de Dios. Son como el ladrón en la primera cruz, blasfemos y desafiantes. Sin embargo, si se les diera otra oportunidad, si tú o yo nos cruzáramos en su vida ahora mismo, ¡podrían convertirse y ser al fin salvos! Esa esperanza nos impulsa a acompañar a Dios en el propósito de alcanzar a todo hombre, mujer y niño de este planeta. Porque su lucecita también brilla dentro de ellos.

Tomado de Lecturas devocionales para Adultos 2016
EL SUEÑO DE DIOS PARA TI
Por: Dwight K. Nelson
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