viernes, 13 de mayo de 2016

HUESOS APOLILLADOS

El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos. Proverbios 14:30.

Desde que Saúl comprendió que Dios lo había rechazado como rey, se había vuelto impredecible y malhumorado. Su mente “se llenó de amarga rebelión y desesperación” (Patriarcas y profetas, p. 696).
Fue durante uno de sus períodos bajos cuando los consejeros reales sugirieron al Rey que enviara a David para que tocara el arpa. El pastorcillo fue altamente recomendado. Su habilidad para tocar produciría el tipo de música que tranquilizaría los nervios alterados del Rey. Y tuvieron razón. Cuando David vino ante el monarca, su música cautivó a Saúl; pero David siempre estaba feliz de salir de la infeliz corte. Las colinas de su hogar eran pacíficas y agradables. Las escenas de la naturaleza eran mucho más placenteras.
Sin embargo, después de que David mató a Goliat, Saúl no lo dejó más regresar a su hogar. El Rey no había prestado mucha atención al arpista antes, pero ahora que David era el héroe tras matar al gigante, Saúl sintió que necesitaba a tal joven en su ejército.
Fue por esta época que Jonatán, el hijo del Rey, conoció a David. En seguida se llevaron bien y rápidamente se convirtieron en amigos. Jonatán estaba decepcionado en gran manera por la conducta de su padre y por su falta de entendimiento espiritual, y conocer a David fue como una brisa fresca en una habitación llena de aire rancio y estancado. Y así, Jonatán descubrió que, justo a unas pocas millas al sur, Dios había estado preparando a alguien de su edad, alguien que tenía la misma fe y valor, alguien que también había rendido su vida humildemente para la gloria de Dios. ¡No es de extrañar que los dos se convirtieran en amigos tan cercanos! No se puede encontrar en toda la Biblia un ejemplo más grande de amistad verdadera.
Pero, una sombra negra iba a interponerse entre ellos. Saúl comenzó a sentir celos de David. Cuando David regresó de otra batalla victoriosa contra los filisteos, las mujeres comenzaron a danzar, y cantar en las calles; “Saúl ha matado a sus miles y David a sus diez miles”. Cuando Saúl oyó esto, se enojó. No era música a sus oídos escuchar que el pueblo alababa a alguien que no fuera él. La principal falta de Saúl era su amor por la alabanza. Tenía que tener aplausos. Cuando no fue el número uno, su orgullo se convirtió en envidia.
Como huesos podridos, la envidia siempre destruye desde adentro. “Si se la abriga en el corazón, conducirá al odio, y eventualmente a la venganza y al homicidio” (Patriarcas y profetas, p. 706).

Tomado de devoción matutina para menores 2016
¡GENIAL! Dios tiene un plan para ti
Por: Jan S. Doward
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