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sábado, 15 de febrero de 2020

MOISÉS SUBE AL MONTE SINAÍ

Señor, espero que me salves, pues he puesto en práctica tus mandamientos. Salmos 119:166

—El pueblo había acampado junto al Sinaí —inició el padre esa mañana—, y allí le habló Dios a Moisés para pedirle que subiera a la montaña, porque deseaba hablar con él. Moisés subió solo hasta una nube que señalaba el lugar donde se encontraba Dios. Después de recibir la instrucción, bajó y se la comunicó a los ancianos de Israel. Estos le dijeron que obedecerían todo lo que Dios había dicho.
—Qué privilegio tuvo Moisés de poder hablar con Dios! —comentó Mateo.
—No cualquiera tuvo ese privilegio —dijo el padre—, Dios llegó a decir que con Moisés hablaba cara a cara. Dios amaba a su pueblo y deseaba lo mejor para ellos, pero en Egipto habían llegado a olvidarlo y tenían que volver a reconocerlo como su Dios. Por eso les dio una gran manifestación de su poder. Todos escucharon de lo alto de la montaña el sonido de una trompeta para convocarlos; todos tenían que estar presentes y en orden. Era importante que comprendieran que todo lo que tiene que ver con Dios es santo y que debían comportarse con reverencia ante su presencia. Seguido de una manifestación poderosa, donde todos temblaron y se postraron reverentes, se escuchó la voz de Dios, que les dio los Diez Mandamientos. Después, Dios le dijo a Moisés que subiera para darle más instrucciones que el pueblo debía seguir. Dios le pidió a Moisés que subiera al monte para darle la ley en unas tablas de piedra. La manifestación de Dios se hizo presente cuando Moisés entró en la nube y allí estuvo en el monte con Dios por cuarenta días. Dios es santo y debemos ser reverentes con todo lo que tiene que ver con él —concluyó el padre.
Tu oración: Querido Dios, ayúdame a ser reverente cuando voy al templo.
¿Sabias que…. los israelitas vieron la gloria de Dios como un fuego devorador sobre la parte alta del monte Sinaí?

DEVOCIÓN MATUTINA PARA MENORES 2020.
“DESCUBRE EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO”
Por: Noemí Gil Gálvez
Lecturas Devocionales para Menores 2020.

viernes, 22 de abril de 2016

LOS CUATRO ABSOLUTOS

“Háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

Eric Liddell es conocido en el mundo básicamente por dos razones: 1) por haber ganado la medalla de oro en los 400 metros durante los Juegos Olímpicos de 1924; 2) por su fidelidad a Dios y su entrega a la causa de Cristo. ¿Qué factores influyeron para que Liddell se convirtiera en un gran deportista y en un gran cristiano? Creo que algo determinante en su vida fue asumir un compromiso con los cuatro absolutos que promovía el Grupo de Oxford: 1) honestidad absoluta; 2) pureza absoluta; 3) generosidad absoluta y 4) amor absoluto.
En realidad lo que el Grupo de Oxford hizo fue modelar a los jóvenes basándose en la experiencia de José, el hijo de Jacob. Según Génesis 39, cuando Potifar “lo nombró su ayudante personal y mayordomo de su casa, y dejó a su cargo todo lo que tenía”, José manejó adecuadamente todas las posesiones de su amo. Su honestidad era absoluta. Cuando la esposa de Potifar lo sedujo y lo invitó a tener relaciones sexuales, José declaró: “¿Cómo podría yo hacer algo tan malo, y pecar contra Dios?” Su pureza era absoluta. Cuando José se convirtió en la mano derecha de faraón, diseñó un plan para contrarrestar la hambruna que habría de azotar al mundo. Sin embargo, su programa de abastecimiento no solo incluía a los egipcios, sino a “todos los países”. Su generosidad era absoluta. Y, finalmente, cuando sus hermanos, los que lo arrojaron al pozo, los que lo vendieron, los que anunciaron su muerte, creyeron que él se vengaría por el mal que le habían hecho, José “se puso a llorar” y les dijo: “Por favor, no se aflijan ni se enojen con ustedes mismos por haberme vendido, pues Dios me mandó antes que a ustedes […] para salvarles la vida de una manera extraordinaria” (Génesis 45:2, 5, 7). Su amor era absoluto.
Lo que le funcionó a José hace tres mil quinientos años, y a Liddel hace casi cien, también puede funcionarte a ti hoy. Lo que realmente importa es que “en todo caso, lo mismo si comen, que si beben, que si hacen cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Glorificar a Dios, ese es nuestro gran absoluto.

Tomado de Lecturas devocionales para Jóvenes 2016
“VISITA MI MURO, 366 MENSAJES QUE INSPIRAN”
Por: J. Vladimir Polanco
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domingo, 31 de marzo de 2013

Y VERÁN SU ROSTRO


Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. Apocalipsis 22:4.

Cuando Moisés le suplicó a Dios: "Te ruego que me muestres tu gloria", este le respondió: "No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá" (Éxo. 33:18-20)... Moisés no podía contemplar la revelación de la gloria del rostro de Dios y vivir; pero se nos ha dado a nosotros una promesa: "Y verán su rostro".
Cuando Moisés bajó de la montaña donde se le había dado una visión de la gloria de Dios, su rostro estaba tan iluminado que Aarón y los hijos de Israel tuvieron temor de acercársele...
Ahora no podemos ver la gloria de Dios; pero solo al recibirlo aquí es que seremos capaces de verlo finalmente cara a cara. Dios desea que tengamos nuestra vista fija en él, para que perdamos de vista las cosas de este mundo...
Hoy por nuestras asociaciones, por nuestra vida, nuestro carácter, estamos escogiendo a quién tendremos por nuestro rey. Los seres celestiales buscan acercarnos a Cristo... Aunque somos transgresores de la ley de Dios, si nos arrepentimos con fe, Dios puede obrar por nuestro medio las obras de Cristo...
Cuando Cristo ascendió a las alturas, envió a su representante como un Consolador. Este representante está a nuestro lado dondequiera que estemos, un vigilante y testigo de todo lo que se dice y se hace, listo para protegernos de los asaltos del enemigo si solo nos colocamos bajo su protección. Pero debemos hacer nuestra parte, y entonces Dios hará la suya. Cuando seamos llevados a juicio y aflicción por su nombre, el Consolador estará a nuestro lado, trayéndonos a la memoria las palabras y enseñanzas de Cristo.
¿Está escrito su nombre en el libro de la vida? Solo al mirar a Jesús, el Cordero de Dios, y siguiendo sus pisadas, puede usted prepararse para encontrarse con Dios. Sígalo a él, y un día usted caminará por las calles de oro de la ciudad de Dios...
Los que consagran sus vidas alservicio de Dios vivirán con él por los tiempos sin fin de la eternidad...
Él los toma como sus hijos y les dice: Entren en el gozo de su Señor. La corona de la inmortalidad es colocada en las sienes de los vencedores.— Youth's Instructor, 20 de agosto de 1896.

Tomado de Meditaciones Matutinas para adultos
Desde el Corazón
Por Elena G. de White

jueves, 28 de marzo de 2013

DE LA GLORIA A LA VERGÜENZA

Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce. 1 Juan 4:7.

Cuando era niña, le regalé a mi madre un cuadro de yeso en el que estaban pintadas unas hermosas rosas rojas, y una leyenda que decía: «Amor de madre, abismo sin medida». Yo quise expresar con aquel obsequio el gran amor que sentía por ella, sin darme cuenta de que la leyenda hacía alusión al gran y profundo amor que ella sentía por mí. Las madres son capaces de tener esos sentimientos porque Dios puso en ellas esa manera tan generosa y sublime de amar.
Me atrevo a decir que casi ningún amor terrenal puede ser comparado con este. Sin embargo, el amor del Hijo de Dios sobrepasa el entendimiento humano; él nos ama tanto que dejó su reino de gloria para experimentar la muerte ignominiosa resultado de la miseria humana. Por amor a nosotros estuvo dispuesto a:
  • Tomar la naturaleza humana, haciéndose sensible a nuestras necesidades. «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel (que significa "Dios con nosotros")» (Mat. 1: 23).
  • Experimentar la pobreza: «Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos [...], pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Mat. 8: 20).
  • Humillarse a sí mismo y cargar él solo con el peso de nuestros pecados: «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados» (1 Ped. 2: 24).

Hermana, ¿qué harás hoy en reciprocidad a este amor tan grande e inmerecido? Dios desea que ames con un amor sacrificado a todas las personas que están cerca de ti, y que muchas veces te resulta difícil amar.
¿Por qué, como madres, somos capaces de amar hasta dar la vida por nuestros hijos y no tenemos la capacidad de amar de esa forma al prójimo? Tal vez sea tu nuera, tu suegra, un hijo rebelde o un vecino insensible.... Si consigues amarlo de todo corazón, será una señal cíe que el amor de Cristo ha tocado tu vida, y ese es el mayor privilegio que puede, tener un mortal. Que tu oración para hoy sea: «Señor, enséñame a amar como tú me amas».

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado

miércoles, 15 de febrero de 2012

«CREADOS PARA BUENAS OBRAS»

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5: 16).

Dios nos creó para hacer buenas obras. «Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Efe. 2: 10).
«En su divina disposición, en virtud del favor inmerecido del Señor, él ha ordenado que las buenas obras sean recompensadas. Somos aceptados solo por los méritos de Cristo; y los actos de misericordia, las acciones de caridad que realizamos, son los frutos de la fe, y llegan a ser una bendición para nosotros; pues los hombres serán recompensados de acuerdo con sus obras. Es la fragancia de los méritos de Cristo lo que hace aceptable para Dios nuestras buenas obras, y es la gracia la que nos capacita para hacer las obras por las cuales él nos recompensa. Nuestras obras mismas» Y Por sí mismas, no tienen ningún mérito. Cuando hemos hecho todo lo que nos es posible hacer, debemos considerarnos como siervos inútiles. No merecemos ninguna gratitud de parte de Dios. Solamente hemos hecho lo que es nuestro deber hacer, y nuestras obras no podrían haber sido hechas con la fuerza de nuestra propia naturaleza pecaminosa» (Mensajes selectos, t. 3, pp. 227, 228). El objetivo de las buenas obras no es llamar la atención sobre nosotros mismos, sino inducir a los demás para que miren a nuestro Padre celestial.
Esta cuestión es fundamental porque tendemos a hacer buenas obras para impresionar a los demás.
Nuestra naturaleza soberbia y pecaminosa nos lleva a practicar buenas obras por razones egoístas.
Supongamos que alguien está enfermo y que el diablo entra en la habitación y lo sana. ¿Podríamos decir que el diablo hizo una «buena obra» porque curó al enfermo? La respuesta es que no. Satanás nunca haría nada que pudiera glorificar a Dios. De hecho, cualquier cosa que haga el maligno, por buena que parezca, tiene un único fin: causar la ruina eterna de la persona a la que, en apariencia, ha ayudado. De la misma manera, aunque esté revestido de una apariencia de bondad, lo que no se hace para gloria de Dios nunca traerá nada bueno.
Que Dios nos ayude para que, si comemos, bebemos o hacemos cualquier otra cosa, sea todo para la gloria de Dios (1 Cor. 10: 31). (Basado en Mateo 5:)

Tomado de Meditaciones Matutinas
Tras sus huellas, El evangelio según Jesucristo
Por Richard O´Ffill