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miércoles, 20 de enero de 2016

¿QUÉ MATÓ A JESÚS?

“Pero cuando llegaron a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua’’. Juan 19:33, 34

Tengo en mi poder un papel que me dio un simpático miembro de mi iglesia que es propietario de una funeraria: un acta de defunción. Y aunque es un hecho, en el supuesto caso de que el tiempo siga su curso lo suficiente, que nuestro nombre aparecerá algún día en un papel similar, lo he pasado mal teniendo que admitirme a mí mismo que uno de estos días, si Jesús no viene pronto, también habrá un acta con mi nombre.
Aquella fatídica tarde de viernes antes de que el sol poniente volviera rojo el cielo sobre la santa ciudad, ¿qué anotó el sombrío forense en el acta de defunción de Jesús? En la línea 27, “causa del fallecimiento”, ¿qué garabateó? ¿Tres clavos romanos? ¿La lanza de un centurión? ¿Cuarenta latigazos en la espalda menos uno por parte de aquel legionario? ¿La retorcida corona de espinas trenzadas y clavada sobre su frente ensangrentada? ¿O fue la respiración jadeante y espasmódica lo que acabó sofocando a la víctima de la cruz? ¿Qué mató a Jesús?
Un amigo mío médico me envió una vez un artículo de portada del Journal of the American Medical Association (JAMA), en el que un médico, un pastor y un artista anatómico colaboraron en una investigación de cómo murió Jesús. ¿Su conclusión? “Una arritmia cardíaca fatal puede explicar el evidente episodio catastrófico terminal” (t. 255, N° 11, p. 1463). ¿Eso mató a Jesús?
Sin embargo, a la mayoría nos han enseñado desde la niñez una respuesta rápida y simple: nuestros pecados. ¿Qué pecados? Bueno, ya sabes, nuestro orgullo y nuestro egocentrismo, nuestro mal genio y nuestra lengua vil, nuestro corazón lujurioso y nuestra mente llena de adicciones, nuestro odio, nuestra ira, nuestros homicidios y nuestra rebelión, nuestro apetito pervertido, nuestra completa deslealtad y falta de honradez. En resumidas cuentas, todos nuestros pecados: eso mató a Jesús.
Sin embargo, ¿de verdad es así? ¿Podría ser que tengamos tanta razón que, de hecho, estemos equivocados? Con nuestra sensibilidad occidental, analizamos, teorizamos, filosofamos, escrutamos y hasta teologizamos la cruz. Y después, con voto unánime, declaramos que nuestros pecados lo mataron.
Pero la verdad es que llegamos doce horas tarde. La respuesta que buscamos reluce en el sudor sanguinolento de un huerto a medianoche.

Tomado de Lecturas devocionales para Adultos 2016
EL SUEÑO DE DIOS PARA TI
Por: Dwight K. Nelson
#ElSueñoDeDiosParaTi #MeditacionesMatutinas #DevocionMatutinaParaAdultos #vigorespiritual #plenitudespiritual

sábado, 15 de junio de 2013

PROCURA QUE SEA LO MEJOR

La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono, y tus heraldos, el amor y la verdad. Dichosos los que saben aclamarte. Señor, y caminan a la luz de tu presencia; los que todo el día se alegran en tu nombre y se regocijan en tu justicia. Salmo 89:14-16.

Las tareas femeninas, ya sea en el hogar o fuera de él, pueden llegar a resultar realmente agotadoras. Son tantos los detalles que un ama de casa debe atender: el cuidado de la casa, la educación de los hijos, la atención del cónyuge… Además, muchas mujeres también deben cumplir con una jornada de trabajo fuera del hogar. Por supuesto, nadie puede negar que Dios reconoce y aprecia los esfuerzos de la mujer que cumple con dichas ocupaciones en forma responsable. Sin embargo, el peligro reside en que nos enfrasquemos en tantas cosas buenas y necesarias, que dejemos de hacer lo mejor. Es posible que quien viva así llegue a padecer una elevada dosis de ansiedad que conduce al agotamiento. Con las facultades agotadas se pierde la capacidad de discernimiento, la alegría por el servicio y, posiblemente, el ego herido nos lleve a sentirnos víctimas, abusadas y atropelladas en nuestros derechos fundamentales.
Si las ocupaciones consumen todo nuestro tiempo y olvidamos apartar momentos para atender y nutrir la parte espiritual de la vida, podemos llegar a ser presas del hastió y de la frustración. Quien desee realizar sus deberes con eficacia ha de beber cotidianamente de la fuente proveedora de fortaleza y sabiduría. En las Sagradas Escrituras leemos: “Con Dios están la sabiduría y el poder; suyos son el consejo y el entendimiento” (Job 12:13).
Dios es la única fuente de poder y sabiduría. Toda madre y esposa que sabe esto, buscara que nada ni nadie se interponga entre su Señor y ella. Su prioridad en la vida será desarrollar una relación cercana e íntima con Jesús. Al hacerlo, será habilitada para tener relaciones íntimas y amorosas con los que están a su cargo, experimentara el gozo de servir, y hará de su hogar una reproducción del hogar eterno. En los momentos de aflicción y angustia, sabrá a qué lugar acudir con el fin de encontrar paz.
Amiga, que tu oración en este día sea: “Impárteme conocimiento y buen juicio, pues yo creo en tus mandamientos” (Sal. 119:66). Estoy segura de que, bajo la dirección de Dios, harás lo bueno hoy sin dejar de hacer lo mejor.

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado