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sábado, 15 de junio de 2013

PROCURA QUE SEA LO MEJOR

La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono, y tus heraldos, el amor y la verdad. Dichosos los que saben aclamarte. Señor, y caminan a la luz de tu presencia; los que todo el día se alegran en tu nombre y se regocijan en tu justicia. Salmo 89:14-16.

Las tareas femeninas, ya sea en el hogar o fuera de él, pueden llegar a resultar realmente agotadoras. Son tantos los detalles que un ama de casa debe atender: el cuidado de la casa, la educación de los hijos, la atención del cónyuge… Además, muchas mujeres también deben cumplir con una jornada de trabajo fuera del hogar. Por supuesto, nadie puede negar que Dios reconoce y aprecia los esfuerzos de la mujer que cumple con dichas ocupaciones en forma responsable. Sin embargo, el peligro reside en que nos enfrasquemos en tantas cosas buenas y necesarias, que dejemos de hacer lo mejor. Es posible que quien viva así llegue a padecer una elevada dosis de ansiedad que conduce al agotamiento. Con las facultades agotadas se pierde la capacidad de discernimiento, la alegría por el servicio y, posiblemente, el ego herido nos lleve a sentirnos víctimas, abusadas y atropelladas en nuestros derechos fundamentales.
Si las ocupaciones consumen todo nuestro tiempo y olvidamos apartar momentos para atender y nutrir la parte espiritual de la vida, podemos llegar a ser presas del hastió y de la frustración. Quien desee realizar sus deberes con eficacia ha de beber cotidianamente de la fuente proveedora de fortaleza y sabiduría. En las Sagradas Escrituras leemos: “Con Dios están la sabiduría y el poder; suyos son el consejo y el entendimiento” (Job 12:13).
Dios es la única fuente de poder y sabiduría. Toda madre y esposa que sabe esto, buscara que nada ni nadie se interponga entre su Señor y ella. Su prioridad en la vida será desarrollar una relación cercana e íntima con Jesús. Al hacerlo, será habilitada para tener relaciones íntimas y amorosas con los que están a su cargo, experimentara el gozo de servir, y hará de su hogar una reproducción del hogar eterno. En los momentos de aflicción y angustia, sabrá a qué lugar acudir con el fin de encontrar paz.
Amiga, que tu oración en este día sea: “Impárteme conocimiento y buen juicio, pues yo creo en tus mandamientos” (Sal. 119:66). Estoy segura de que, bajo la dirección de Dios, harás lo bueno hoy sin dejar de hacer lo mejor.

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado

jueves, 23 de febrero de 2012

EN LAS COSAS PEQUEÑAS

Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí y oyó mi clamor. (Salmo 40:1)

Siempre he sido un poco despistada y hay ocasiones en que no recuerdo dónde dejó las cosas. Un sábado por la mañana llegué a la iglesia temprano, como de costumbre, ya que mi padre nos enseñó que debemos llegar a tiempo a la casa de Dios. Sin embargo, aquel sábado llegamos más temprano de lo habitual. Me bajé del auto sosteniendo en las manos mi Biblia, un himnario, unos papeles, unos discos compactos y mi celular. Esa fue una de las pocas ocasiones en que no llevaba cartera. Como aún no habían llegado muchos hermanos, dejé las cosas que llevaba en las manos en la última banca, mientras salía a colocar un anuncio.
Al regresar tomé mis pertenencias y me dirigí al frente para sentarme. De pronto me di cuenta de que no tenía conmigo el celular, así que comencé a buscarlo por todas partes. Fui a la banca de atrás con la esperanza de hallarlo, pero no estaba allí. Lo busqué en las demás bancas, pero nada. Los hermanos iban llegando y no aparecía mi teléfono. Yo comenzaba a desesperarme e intentaba recordar dónde lo había dejado. Varios jóvenes me ayudaron a buscarlo, pero no aparecía.
El primer anciano de la iglesia me vio muy preocupada y me preguntó si me sucedía algo. Le dije que mi teléfono había desaparecido de la última banca y que ya lo daba por perdido. Empezó la Escuela Sabática y yo seguía pensando en el celular, mientras que en mi corazón le rogaba a Dios que me ayudara a encontrarlo porque tenía cosas importantes grabadas en él. No lograba entender por qué alguien me había sustraído el celular en la iglesia.
Antes de que comenzara el culto divino, elevé una oración contándole al Señor mi problema. Luego me dirigí al cuarto pastoral y allí encontré a mi hermana. Después de saludarme me dijo que mi teléfono había aparecido. En cuanto escuché aquello me tranquilicé y le agradecí al Señor por haber respondido mi oración.
Quizá te parezca algo insignificante el extravío de un teléfono, pero entendí mediante aquel suceso que Dios nos ayuda aun en las cosas más pequeñas. Jesús está dispuesto a ayudarte hoy. Ora con fe y él responderá a tu necesidad.

Toma de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa
Por Leslie Flores Garda

domingo, 21 de agosto de 2011

EL VALOR DE LAS COSAS PEQUEÑAS

Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe. Mateo 18:5.

¡Jamás menosprecies el valor de un niño! Puede parecer frágil, insignificante, desvalido, pero encierra, dentro de sí, un potencial que el tiempo se encargará de revelar. Cuando el señor Jesús nació en un humilde pesebre, ¿quién se atrevería a pensar que ese humilde niño dividiría la historia del mundo? ¿Cómo aquel pequeño ser haría temblar la fuerza de las tinieblas? Pero, así son las cosas en el Reino de Dios: parecen pequeñas, pero encierran el potencial que Dios coloca en todo lo que hace.
Pero, el texto de hoy dice más. Aquí, Jesús afirma que, si recibes a un niño en su nombre, en realidad lo recibes a él mismo. ¿Qué significa esto? Que es necesario dar oportunidades a los más débiles; que no hay que apresurarse a descartar a quienes cometen errores; que no hay que sentenciar a las personas, sin darles la oportunidad de empezar de nuevo.
Cuando yo era niño, constantemente cometía errores; algunos por incapacidad, otros de propósito. Pero, tuve padres y maestros que creyeron en mí y me dieron una nueva oportunidad; me enseñaron, invirtieron tiempo en mostrarme el camino, y me extendieron la mano cuando lo necesitaba.
En cierta ocasión, me encontré con uno de esos maestros, en California. El tiempo lo había golpeado, inclemente: había envejecido, ya no me parecía tan grande ni tan alto, como cuando yo era un simple adolescente. Pero, todavía me impresionaba la nobleza de su espíritu, y en mi memoria renacía, vívidamente, el recuerdo del día en que tomó de mis manos el trabajo de redacción, mal realizado, que yo había preparado, me miró a los ojos y, con voz cariñosa, me dijo: "Voy a hacer de cuenta que tú nunca escribiste esto. Pero, quisiera que tú creas que eres capaz de escribir algo mejor".
Aquel día, él no tenía la más mínima idea de que yo, un día, llegaría a escribir bastante... ¿O la tendría? No lo sé. Pero, recuerdo que la confianza que depositó en mí me hizo creer que yo podía, si me colocaba en las manos de Dios.
¿Podrías hoy dar la oportunidad a alguien más frágil que tú y que necesita de tu ayuda? ¿Serías capaz de recibir al que falló, como se recibe a un niño? Sal para enfrentar tus deberes diarios, hoy, recordando las palabras del Maestro: "Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe".

Tomado de meditaciones matinales para adultos
Plenitud en Cristo
Por Alejandro Bullón