sábado, 19 de septiembre de 2009

AGRADA A DIOS AQUI Y AHORA

Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. Hebreos 11: 6

Todos estamos familiarizados con aquel dicho que dice: «Ver para creer», Pero en el lenguaje de Dios es todo lo contrario, por lo cual el dicho diría «Creer para ver». Por eso, como en el cielo todo el mundo verá bien, no si será necesaria la fe. Pero aquí, es imposible agradar a Dios sin este elemento tan importante. El apóstol presenta varios ejemplos de los ilustres personajes que tuvieron verdadera «fe». Abel, el justo; Enoc, el que fue traslado al cielo sin ver la muerte; Noé, varón perfecto en su tiempo; Abraham, el padre de la fe; Isaac, el pacificador; Jacob, el vencedor de Dios y de los hombres; Sara, la princesa feliz; José, la rama fructífera; Moisés, el gran conductor de pueblos; Rahab, la ramera convertida; y muchos otros, que agradaron Dios porque tuvieron fe. ¿Por qué es imposible agradar a Dios sin fe? Un ejemplo de esto son Abel y Enoc: Abel fue justo y Enoc caminó con Dios. Sin fe no habrían podido dar semejante testimonio. Lo mismo debemos hacer nosotros. No tanto esforzarnos por ser justos y caminar con Dios, como hicieron estos héroes, sino viviendo por fe, como ellos vivieron, para poder agradar a Dios como ellos lo hicieron. También la creencia en la existencia de Dios es producto de la fe. Solo por la fe puede vivir el cristiano sirviendo a un Dios a quien no puede ver. Sin fe es imposible servir a Dios. Pero el cristiano que tiene fe no solo cree en la existencia de Dios; sino que para él es más real que si lo hubiera visto. Por eso dice San Pablo: «Porque por fe andamos, no por vista» (2 Cor. 5: 7). La vista es un estorbo para el cristiano. La fe es más segura para «andar con Dios», como lo hicieron todos los héroes de la fe. También es importante creer en el galardón que Dios tiene preparado para sus hijos fieles. Los hombres de fe tienen «la mirada puesta en el galardón», como Moisés (Heb. 11: 26). El mayor galardón que los héroes de la fe (nosotros entre ellos) recibirán es que «verán su rostro y su nombre estará en sus frentes» (Apoc. 22: 4). La fe es una de las cosas que más agradan a Dios. Y, por supuesto, los hombres y las mujeres de fe son sus favoritos. La fe es algo que tenemos el privilegio de poner en práctica aquí y ahora. Decide hoy vivir por fe para agradar a Dios.

Tomando de la Matutina Siempre Gozosos.

viernes, 18 de septiembre de 2009

EL PERDÓN DE JESÚS

Padre —dijo Jesús—, perdónalos, porque no saben lo que hacen (5. Lucas 23: 34).

Cómo reaccionas cuando alguien te ha ofendido? Quizá, depende el ánimo en el que te encuentres, dices: «¡Qué lástima! ¡Nunca me imaginé que me pagaría de esta manera! ¡Voy a dejar que pasen las cosas y luego hablaré con ella!» O quizá: «¡Me tendrá que escuchar! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Voy a aclarar las cosas! ¡Ya verá lo que significa meterse conmigo!»
¿Cuántas expresiones te vienen a la mente cuando alguien te ha ofendido? Si somos sinceras no es fácil reaccionar de la manera más serena. El enojo y la ira están listos para desbordarse. ¡Cómo quisiéramos tener a la persona de frente para decirle su merecido! Con esta actitud cotidiana, ¿cómo reaccionamos ante el acto de perdonar? ¿Cuan difícil es para ti y para mí otorgar el perdón a aquellos que nos han ofendido?
La reacción de Jesús ante aquellos que lo escupieron y lo abofetearon, ante los que lo azotaron y lo crucificaron, fue muy especial: ¡Rogó a su Padre que los perdonara! Si alguien tenía derecho a pedir que Dios lo vengara era Jesús mismo. «El Salvador no dejó oír un murmullo de queja. Su rostro permaneció sereno. Pero había grandes gotas de sudor sobre su frente. No hubo mano compasiva que enjugase el rocío de muerte de su rostro, ni se oyeron palabras de simpatía y fidelidad inquebrantable que sostuviesen su corazón humano [...] No invocó maldición alguna sobre los soldados que le maltrataban tan rudamente. No invocó venganza alguna sobre los sacerdotes y príncipes que se regocijaban por haber logrado su propósito [...] Solo exhaló una súplica para que fuesen perdonados, "porque no saben lo que hacen"» (El Deseado de todas las gentes, p. 693).
Este mismo Jesús es el mismo que ahora ministra en el cielo en nuestro favor y está deseoso de que nuestros pecados sean perdonados. ¿Aceptarás el perdón? ¿Perdonarás al que te ha ofendido? Ésa es mi invitación esta mañana. ¡Que el Señor nos ayude!
Leticia Aguirre de De los Santos
Tomado de Manifestaciones de su amor

EL ASPECTO ES ENGAÑOSO

Jesús les contestó: «Tengan cuidado de que nadie los engañe». Marcos 13:5

Montemos en la Sfiage Mountain—dijo Jeff. Estaba ansioso por subir en la famosa atracción de Disney World. Los Hocking, los Wyatt y los Coffee pasábamos juntos las vacaciones. Ya habíamos subido en los barcos de It's a Small World y visto el Country Bear Jamboree. Pero ahora había llegado el momento de algo más emocionante. Greg buscó en el plano y todos nos dirigimos a Space Mountain. Cuando llegamos, nos tranquilizó ver que la cola no era demasiado larga. —Me han dicho que algunos días la gente tiene que esperar en la cola durante más de una hora -dijo Greg—. Cuesta pensar que vale la pena teniendo en cuenta que el Hayedo dura solo unos dos minutos. Avanzamos al paso de la cola. —Un minuto más y ya está —dijo Jeff. Pero cuando dimos la vuelta a la esquina, de repente, delante de nosotros había cientos de personas (o al menos así nos lo parecía). Lo que pensamos que era una cola corta, en realidad era una ilusión óptica. Los gerentes de Disney World se han ingeniado un sistema muy astuto para hacer que las colas parezcan más cortas de lo que en realidad son. Con el pecado, Satanás también usa ilusiones ópticas. Se asegura de que no consigamos ver la Imagen real de los resultados del pecado. Pocos nos pondríamos a la cola para seguirlo si pudiésemos ver el dolor y la decepción que siempre acompañan a sus tentaciones. La gente que ha sido engañada por Satanás dice cosas como: «Jamás pensé que Acabaría así». «No era mi intención». «Si lo hubiese sabido...» La Biblia está llena de historias de personas que creyeron los engaños de Satanás. Aprende de sus errores y mantén los ojos puestos en Jesús.

Tomado de la Matutina El Viaje Increíble.

LA DISCIPLINA DE LA LENGUA

Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Efesios 4:29

Solemos hablar de la disciplina personal, de la de los hijos, de la eclesiástica..., pero hablamos muy poco de la disciplina de la lengua. Sin embargo, ¡cuánta necesidad tiene el mundo de una disciplina de la lengua! Santiago dijo que una lengua indisciplinada es «un mundo de maldad» (Sant. 3: 6). Nuestra lengua debe ser disciplinada para que no pronuncie palabras falsas, airadas, mentirosas, corrompidas, innecesarias, blasfemas y de juicio y condenación hacia los demás. En cambio, la lengua también debe ser disciplinada para que pronuncie palabras que edifiquen a los demás y que den gracia a los oyentes, como dice nuestro versículo de hoy. Otra vez cabe consignar aquí las instrucciones que nuestro Señor dio en el Sermón del Monte, que, según todos los cristianos aceptamos, es la ley fundamental del reino de Dios: «Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede» (Mat. 5: 37). La solemne amonestación de Jesús está en armonía con la literatura sapiencial del Antiguo Testamento. Proverbios 13: 3 afirma: «El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad». Nuestro Señor dijo que todo lo que digamos después de decir «Sí», o «No», ya tiene un mal origen. Y Salomón dice que quien abre mucho sus labios (para hablar, por supuesto) «tendrá calamidad». Por eso, el rey sabio aconsejó: «No dejes que tu boca te haga pecar» (Ecl. 5. 6). No es posible ponderar en exceso la gravedad de hablar demasiado. La persona que habla demasiado se expone a muchos errores, de muchos de los cuales solo se enterará cuando ya sea demasiado tarde. El que habla mucho no se da cuenta de que va dejando una ola de heridas por el camino que transita, y tarde o temprano lo alcanzará la «calamidad». La persona que disciplina su lengua tiene grandes ventajas. Se librará de muchos problemas ahora y en la eternidad. Uno de los peligros es dañar a las criaturas de Dios. Las palabras descuidadas podrían afectar y dañar a esas personas, que son el proyecto de Dios. Decide hoy no hablar mal de otros, juzgarlos y condenarlos. Entonces en la comunidad cristiana fluirá el gozo. Muchas cosas buenas ocurrirán en tu relación matrimonial, en la iglesia y en tu lugar de trabajo si disciplinas tu lengua. Si así lo haces, todas tus palabras serán edificantes y llenarán de gracia y de gozo el corazón de todos los que las escuchen.

Tomado de la Matutina Siempre Gozosos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

LA DULCE SEGURIDAD DEL PERDÓN

Pero en ti se halla perdón, y por eso debes ser temido (Salmo 130: 4).

Cuando pensamos en nuestro Padre celestial como un ser perdonador y hacedor de maravillas nuestro corazón se llena de agradecimiento. Las palabras registradas en S. Lucas 23: 34: «Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen», nos recuerdan las muchas ocasiones en las que pedimos a nuestro Dios ponga en nuestro corazón el deseo de perdonar y tengamos el valor de decir: «Te perdono». Esta mañana quiero invitarte a experimentar el gozo de otorgar el perdón a quienes te han ofendido o herido. La Palabra de Dios afirma la importancia de perdonar a los hombres sus ofensas, así como él nos perdona las nuestras. Sin duda alguna el poder de otorgar el perdón trae a tu corazón paz, alegría y gratitud. No luches sola por la vida al llevar la pesada culpa de no haber perdonado.
Elena G. de White comenta: «La carga de pecado, con su intranquilidad y deseos no satisfechos es el fundamento de sus enfermedades. No pueden hallar alivio hasta que vengan al Médico del alma. La paz que él solo puede dar, impartiría vigor a la mente y salud al cuerpo [... ] Jesús vino para "deshacer las obras del diablo" [...] Él es un "espíritu vivificante". Y tiene todavía el mismo poder vivificante que, mientras estaba en la tierra, sanaba a los enfermos y perdonaba al pecador. Él "perdona todas tus iniquidades", él "sana todas tus dolencias"» (El Deseado de todas las gentes, p. 236).
Debemos creer que nuestro Dios tiene poder para perdonar cualquier pecado por pequeño o grande que éste sea. Es mi deseo que hoy encontremos alivio perdonador en nuestra vida, y que el mismo «poder vivificante» que se manifestó en antaño sea una realidad hoy en nuestras vidas y experimentemos la dulce seguridad de su perdón.
Doralí Santos de Hernández
Tomado de Manifestaciones de su amor

¿QUÉ TE MOLESTA?

Más bien, profesando la verdad en el amor, debemos crecer en todo hacia Cristo, que es la cabeza del cuerpo, Efesios 4: 15

Greg trabajaba como monitor en un campamento de verano. Disfrutaba todos y cada uno de los minutos. Cuando notó por primera vez el bulto en el cuello, se imaginó que sería un granito más como los que hoy están y mañana han desaparecido. Por eso se puso un medicamento para el acné. Unos días más tarde, Greg se dio cuenta de que seguía teniendo el grano. Solo que era mucho mayor que antes. Y él no era el único que lo había visto. De hecho, la mayoría de las personas del campamento no podían hacer otra cosa. Todos sentían pena por Greg pero al mismo tiempo tenían la esperanza de que, fuese lo que fuese, no fuera infeccioso. Finalmente, Greg cubrió el bulto con una venda. Pero seguía creciendo y, a medida que crecía, se hacía más molesto y doloroso. El misterio del extraño bulto se resolvió una mañana mientras Greg se afeitaba. Mientras se miraba al espejo, le pareció que el bulto se movía. Tras una inspección más cuidadosa, se dio cuenta de que algo salía del bulto. En el centro había dos antenas que se abrían camino hacia el exterior. No pudo resistir más sinsabor qué era. Exprimió el bulto y consiguió expulsar un insecto. Greg sentía mucho asco —bueno, ¿y tú no lo sentirías?—, pero al mismo tiem­po estaba aliviado. Sacar fuera ese bicho permitió que la piel se curara y desapa­reciera el dolor. A veces hay cosas que se nos "meten debajo de la piel" y nos molestan de verdad. Quizá pienses que el maestro no siempre es justo, o que tus papas le dan a tu hermano o hermana más privilegios que a ti. En lugar de querer esconder tus sentimientos, es mejor que hables de ellos. Muchas veces basta con decir cómo te sientes para que la frustración desaparezca. La mayoría de las cosas que nos disgustan se suelen olvidar en uno o dos días. Pero si algo sigue molestándote, sácalo a la luz y habla ello.

Tomado de la Matutina El Viaje Increíble.

¿QUIÉN ERES TU, QUE JUZGAS TU HERMANO?

Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Santiago 4:31

El apóstol Pablo menciona otra razón por la cual es peligroso juzgar a los demás «En lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo» (Rom. 2:1). Una razón básica para no juzgar a los demás es porque somos tan pecadores, tan malos y tan dignos de condenación como ellos. Es como ti juzgar a otros fuera dos veces malo. En primer lugar, porque juzgar a otros es tomar atribuciones divinas. En segundo, porque hacemos exactamente lo mismo nosotros" Y esto es literalmente así. Hay una ley de la psicología que menciona el Dr. Arthur K. Bietz en una serie de artículos titulada Abordemos la vida de forma integral. Esa ley dice que solo notamos en los demás las faltas que nosotros mismos tenemos. Los que nos parecen intachables cometen otras faltas, tienen otros vicios y son culpables de otros pecados diferentes de los nuestros. Los que nos parecen odiosos por sus defectos lo son, sencillamente, porque tienen los mismos defectos que nosotros. Si no fuera así, no habríamos notado sus faltas. ¡Cuánta razón tiene el apóstol! ¿Quién eres tú, que juzgas a tu hermano? La respuesta tácita del apóstol es: Eres un delincuente. Eres un blasfemo, porque tomas atribuciones que solo Dios puede ejercer. Y luego se agrava el asunto porque el que juzga a su hermano, juzga a la ley de Dios, lo cual es una falta muy grave. «El que juzga parece decir que la ley no se aplica a él. Virtualmente dice que no hay ley que proteja al hermano perjudicado, ni ley que condene su espíritu de crítica». Serio, ¿verdad? El cristiano humilde sabe perfectamente cuan limitados son su juicio, su conocimiento, su capacidad y su visión. Solo puede ver un aspecto mínimo de las razones, motivos, y actos de su hermano. No puede tener todo el conocimiento que se debe tener para pronunciar un juicio justo, porque eso solo Dios puede tenerlo. Por eso, el cristiano es humilde y nunca juzgará a nadie. Solo el amor puede tratar a los demás justamente. Porque nunca juzga, nunca pronuncia juicio, nunca condena. Sobre todo, porque el amor «cubre multitud de pecados» (Sant. 5: 20). Demostremos siempre el amor que perdona y olvida, no importa cuál sea la evidencia que veamos de los errores de otros. El que ama siempre acierta. El que no ama siempre se equivoca.

Tomado de la Matutina Siempre Gozosos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

EL PERDÓN Y LA MISERICORDIA

Quien encubre su pecados ¡amas prosperará; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón (Proverbios 28: 13).

Muchas veces me he preguntado si la razón por la que nos escondemos cuando hacemos algo malo es porque nos sentimos avergonzadas con Dios y chasqueadas con nosotras mismas. El pecado nos hace sentir mal, afloran pensamientos de culpabilidad y sentimos que le hemos fallado nuevamente a Dios. Por supuesto que todo esto forma parte de la estrategia que Satanás usa para hacernos sentir que la vida cristiana es imposible de vivir y que nunca nos podremos librar de esas tendencias hacia el mal. Lo más lamentable es que encontramos personas por todas partes que ya han dejado de luchar porque se sienten derrotadas. Sin embargo, ante esta cruda realidad lo mejor que podemos hacer es admitir que somos pecadoras y que solamente mediante la justicia y la gracia de Cristo es como podremos alcanzar el perdón y la victoria sobre nuestra naturaleza.
Recuerdo haber leído la historia de un juez que tenía que liberar a unos presos de la cárcel. Para estar seguro de que haría una correcta y justa elección los hizo pasar uno por uno a su juzgado para tener con ellos una entrevista y decidir quién merecía ser liberado. Al preguntar al primero por qué estaba allí este dijo: «Estoy aquí porque me calumniaron y me acusaron injustamente». Luego llamó al segundo y éste le contestó: «Estoy aquí porque dicen que robé, pero es mentira».
Y así pasaron todos los presos y cada uno se declaraba inocente. Hasta que llegó el último preso quien dijo: «Estoy aquí porque maté un hombre. Hirió a mi familia y perdí el control y por eso lo maté. Pero hoy me doy cuenta de que lo que hice estuvo mal y estoy muy arrepentido». Al escuchar la declaración del hombre el juez se puso de pie y dijo: «Voy a darle la libertad a este último preso». Todos se quedaron muy sorprendidos y se preguntaron por qué lo iba a liberar si el hombre había confesado ser culpable de asesinato. El juez entonces les contestó: «El castigo es para los que esconden su falta, la mise¬ricordia para los que reconocen su falta y se arrepienten».
De nada vale que intentemos ocultar aquello que sabemos que no está bien a los ojos de Dios. Si por nuestra naturaleza pecaminosa sentimos que hemos actuado mal con Dios o contra alguien, lo mejor que podemos hacer es admitirlo y solicitar el perdón de nuestras faltas.

Evelyn Omaña
Tomado de Manifestaciones de su amor