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lunes, 27 de febrero de 2012

¡LE ECHÓ LA CULPA AL DIABLO?

Oh Dios, examíname [...]; mira si voy por el camino del mal, y guíame por el camino eterno. Salmo 139:23,24.

No puedo evitar una sonrisa cada vez que recuerdo un incidente que se produjo en una de las iglesias que dirigí en mis primeros años de pastor.
Sucedió durante un culto de oración, un miércoles de noche, en la iglesia principal del distrito. La iluminación del lugar no era buena, y le correspondía hacer los anuncios al anciano de turno. El buen hombre dijo lo que tenía que decir, pero cuando quiso sentarse, por alguna razón calculó mal el sitio donde había quedado su silla. Al darse cuenta de que había calculado mal, mientras caía hacia atrás instintivamente buscó algo a lo que agarrarse. Logró asirse de una silla vacía, pero el impulso que llevaba era tan fuerte que la silla no pudo detener la caída. Al caer, con su cabeza golpeó un florero. Las flores se dispersaron, el agua se derramó y ya puedes imaginar la escena.
Cuando se restableció la calma, nuestro hermano, con ese humor que siempre lo caracterizaba, nos reservó lo mejor para el final. Poniéndose de pie, tomó el micrófono y, como si nada hubiese ocurrido, dijo riéndose: «¡Ese diablo sí que tiene cosas!».
Para él, el diablo era el culpable de lo que le había pasado. Este incidente nos hace reír, pero también nos recuerda parte de la herencia que nos dejaron nuestros primeros padres. Adán culpó a Eva por haber comido del fruto prohibido (ver Gen. 3:12). Por su parte, Eva culpó a la serpiente (vers. 13). Y desde entonces nos hemos especializado en buscar chivos expiatorios para justificar nuestras caídas. Tiene razón Erica Jong cuando escribe: «¡Qué bueno es tener a alguien a quien culpar!».
Es así como culpamos a nuestros padres por nuestros defectos de carácter; a los profesores por las malas calificaciones; al novio o a la novia, por nuestros problemas sentimentales; a los amigos, las suegras, los pastores, los gobernantes... y a todo el que se nos cruce, por los desastres que nosotros mismos hemos causado.
Una clara señal de que estás madurando como persona se manifiesta cuando te haces responsable de tus errores. Cuando reconoces que has fallado y te propones hacer mejor las cosas. Es de humanos errar, y de sabios rectificar. Y lo que es aún más importante: recuerda que tu Padre celestial estará siempre a tu lado para ayudarte.
Capacítame, Señor, para responder por mis errores y para corregirlos a tiempo.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

domingo, 19 de febrero de 2012

VETE A CASA

«Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda» (Mateo 5: 23, 24).

Mi esposa y yo nos casamos el 16 de junio de 1960. A menudo, cuando dirijo un seminario y explico a la audiencia cuánto tiempo hace que estamos casados, algunos empiezan a aplaudir. Entonces les digo: «¡Esperen, no me aplaudan hasta mi funeral! Al fin y al cabo, cuando nos casamos prometimos ser fieles "hasta que la muerte nos separe"».
Con los años he descubierto que mi relación con Dios afecta a mi relación con mi esposa y mi relación con mi esposa afecta a mi relación con Dios. Jesús dijo que, si el sábado por la mañana, mientras vamos de camino a la iglesia, tenemos un mal sentimiento contra alguien (quizá alguien de nuestra propia familia), antes de dar un paso más, es preciso que volvamos a casa y arreglemos las cosas con esa persona. Solo entonces podremos ir a la iglesia (Mat. 5: 24).
El apóstol Juan formula una difícil pregunta: «Si alguno dice: "Yo amo a Dios", pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4: 20). Algunos creen que pueden amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la fuerza y con toda la mente y no amar al prójimo como a sí mismos. Jesús enseñó que eso es imposible.
Una vez conocí a una hermana en la fe a la que no le gustaba otra hermana de la iglesia. Le pregunté si alguna vez había orado por ella. Ella respondió: «Por supuesto. ¡Oro para que Dios le dé su merecido!».
Esa no es la actitud que debemos tener si queremos hacer bien las cosas con los demás. Tenemos que decir que lamentamos el malentendido y luego pedir perdón. Entonces podremos orar así: «Señor, esta mañana te ruego que hagas por Fulano de Tal y su familia lo mismo que te pido que hagas por mí y los míos». Si pensamos que nuestros sentimientos sobre los demás pueden separarse de nuestra relación con Dios, solo conseguimos engañamos a nosotros mismos. ¿Por qué no prueba hoy con la pequeña oración que he sugerido? Basado en Mateo 5:23,24

Tomado de Meditaciones Matutinas
Tras sus huellas, El evangelio según Jesucristo
Por Richard O´Ffill