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jueves, 21 de abril de 2016

RESCATANDO AL SOLDADO…

“¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a rescatar a su pueblo!” (Lucas 1:68).

Rescatando al soldado Ryan es una de las películas más impactantes que he visto. El filme gira en torno al rescate de James Francis Ryan, que junto con sus tres hermanos se alistó para ir a los campos de batalla durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando el general George Marshall se enteró de que tres de los cuatro hermanos Ryan habían muerto ya en el frente de batalla, tomó las medidas de lugar para que un escuadrón de élite de seis soldados, bajo las órdenes del capitán John Miller, saliera a rescatar a James, el único sobreviviente de los cuatro hermanos. Solo había un pequeño problema: James había desaparecido en combate en algún lugar de Normandía, Francia, y nadie sabía dónde se hallaba.
¿Por qué arriesgar la vida de seis hombres para salvar a una persona? Porque la condición de Ryan, como el único hijo que le quedaba vivo a su madre viuda, lo hacía un personaje muy especial. Miller inició su tarea y salió a buscar al joven en medio de feroces combates. El rescate demandó mucho sacrificio, tiempo, recursos y valor. ¡Todo por salvar a un hombre que ni siquiera conocían! En un momento determinado, Miller le dijo al resto del equipo: “Yo espero que ese Ryan haga algo que merezca la pena”. Todos los miembros del equipo de rescate, incluyendo a Miller, perdieron la vida; pero al final lograron rescatar al soldado Ryan.
¿Sabías que, como el soldado Ryan, tú eres un personaje muy especial? Por eso, cuando caíste en las manos del enemigo, Dios movilizó todo el cielo para rescatarte. Finalmente, el Hijo de Dios en persona, Jesús, descendió a este horrible campo de batalla y pagó el precio de tu rescate muriendo en la cruz.
¿Acaso no espera Jesús, como el capitán Miller, que hagamos algo valioso con la vida que hemos recibido por su muerte? “Él se entregó a la muerte por nosotros, para rescatarnos de toda maldad y limpiarnos completamente, haciendo de nosotros el pueblo de su propiedad, empeñados en hacer el bien” (Tito 2:14).
Ahora que hemos sido rescatados, el Señor anhela que nos empeñemos en algo que valga la pena: hacer el bien.

Tomado de Lecturas devocionales para Jóvenes 2016
“VISITA MI MURO, 366 MENSAJES QUE INSPIRAN”
Por: J. Vladimir Polanco
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viernes, 15 de abril de 2016

EL DÍA DE DIOS LIBERADOS DE INTERNET

“Estad quietos y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Salmo 46:10

Se calcula que los usuarios de las redes sociales en todo el mundo llegaron ya a dos mil millones en 2015. Esto significa que pronto un tercio de la población mundial estará conectada en línea con multitud de otros usuarios o con información de casi siempre ignota procedencia. Pero, ¡quién va a sorprenderse por ello, dado que esta es la generación más tecnológicamente entendida de la historia de la tierra! Pero ¿tiene también realmente Dios espacio en Facebook, Twiter, Instagram, WhatsApp, Linkedin… YouTube…?
La palabra hebrea traducida reposar, sabat, resulta interesante, porque literalmente significa “cesar” o “desistir”. Y, con ese matiz, ciertamente tiene más sentido la afirmación de Génesis 2:2, 3 de que Dios “reposó” el séptimo día. El Creador del cosmos difícilmente podía estar agotado por pronunciar menos de una docena de órdenes y traer a la existencia, esculpiéndolos con sus manos, a dos seres humanos. Dios no necesitaba recargar sus baterías ni dar reposo a su cuerpo el séptimo día. Por eso, cuando la Biblia declara que reposó, quiere decir que simplemente dejó de hacer lo que había estado haciendo durante toda la semana.
Y eso nos invita a hacer en el cuarto de los Diez Mandamientos: “Durante los primeros seis días de la semana podrán hacer todo el trabajo que quieran, pero el sábado será un día de descanso, un día dedicado a mí” (Éxo. 20:8,9, TLA). Dios declara: “No me opongo al trabajo. Pero es preciso que se tomen un respiro y vengan a mí para que disfruten del descanso. Dejen todo lo que los haya mantenido absortos toda la semana”. ¿Por qué? Porque es el secreto de las amistades duraderas: desconectar las distracciones para centrarse en la relación.
Entonces, ¿qué pasaría si el sábado desconectáramos todos nuestros cachivaches? Ya sabes: el televisor, la radio, Internet, Google, los correos electrónicos, los mensajes de texto, las tabletas… ¡Puede que hasta la computadora portátil! ¡Probablemente te preguntes en qué tipo de fanático me he convertido! Pero me temo que es más bien en qué nos hemos convertido todos: la generación más conectada pero más adicta de la historia, adicta a nuestra información veinticuatro horas al día, siete días a la semana. No se desconecta ni se apaga nada -ni siquiera en la iglesia- por temor a perder una información. Pero, ¿qué pasaría si acordásemos “cesar y desistir” con parte de nuestra tecnología y decidiéramos devolver a Dios su sábado? ¿Pudiera ser que al desconectarnos de nuestros dispositivos pudiéramos estar conectados más profundamente con nuestro Dios? Desconectarse para conectarse parece contrario al sentido común, pero también supone la paz.

Tomado de Lecturas devocionales para Adultos 2016
EL SUEÑO DE DIOS PARA TI
Por: Dwight K. Nelson
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viernes, 11 de marzo de 2016

¡ATRAPADOS!

Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Éxodo 14:13.

De regreso en Egipto, Faraón y sus hombres de pronto se sintieron incómodos por todas las casas de Gosén que habían quedado vacías. Como los israelitas se habían ido, nadie más se iba a hacer trabajo gratuito.
¿Como pudimos haber sido tan necios?, pensaron.
“¡Preparen los carros!”, ordenó Faraón. “iVamos tras ellos!”
Mientras tanto, los israelitas se estaban dirigiendo a un lugar muy estrecho. Parecía que la columna de nube había hecho un giro equivocado y los estaba guiando por un área angosta y rocosa, hasta que se encontraron encerrados entre el mar y las montañas escabrosas hacia el sur. El pueblo comenzó a cuestionar si la nube había cometido un error. Para sus mentes educadas en la esclavitud, los ángeles de Dios podrían estar sacándolos al desierto para matarlos.
Sin embargo, Dios tenía una razón para la dirección en la que los estaba llevando. Estaba por mostrar su gran deseo de salvarlos y su poder para hacerlo, y para demostrar a los egipcios, de una vez y para siempre, que él estaba en el control.
De pronto, a lo lejos, los israelitas divisaron el destello de las armaduras y el movimiento de las carrozas de la guardia egipcia de avanzada. Justo atrás de eso venía todo el ejército en plena persecución. El pueblo estaba aterrorizado. Algunos comenzaron a orar, pero la mayoría de ellos comenzó a gritarle a Moisés por haberlos conducido fuera de Egipto para morir.
Luego, la voz de Moisés resonó por sobre la multitud con aquellas palabras de fe y aliento que están en nuestro versículo de hoy.
Justo cuando las tropas egipcias se acercaban y parecía que todo estaba perdido, la gran nube se movió majestuosamente hacia arriba y por sobre el campamento, y descendió justo entre los israelitas y los egipcios. Aun si los egipcios hubieran tenido faros delanteros en sus carros, tendrían que haberse detenido. Dios hizo que la nube fuera tan densa y oscura que era imposible avanzar.
“Pero, a medida que la oscuridad de la noche se espesaba, la muralla de nube se convirtió en una gran luz para los hebreos, inundando todo el campamento con un resplandor semejante a la luz del día” (Patriarcas y profetas, p. 290).

Tomado de devoción matutina para menores 2016
¡GENIAL! Dios tiene un plan para ti
Por: Jan S. Doward
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miércoles, 9 de marzo de 2016

ES MEDIANOCHE

Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir. Éxodo 12:23.

Rápida y secretamente, los israelitas se prepararon para su última noche en Egipto.
Los padres, actuando como sacerdotes, ya tenían pintados con sangre los marcos de las puertas. Ahora, con corazones palpitantes y respiración contenida, esperaban. Más que cualquier otro, el primogénito de cada familia sentía una sensación de pavor mientras los minutos pasaban lentamente. El tiempo parecía quedarse quieto. La última plaga llegaría pronto; pero ¿cuán pronto?
¿Vería el ángel destructor la sangre en los marcos de las puertas y pasaría de largo?
A la medianoche, el ángel destructor cruzó la tierra, pasando por alto los hogares de los israelitas, y matando al primogénito de cada egipcio, “desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel” (Exodo 12:29).
¡Los egipcios habían sido tan orgullosos, tan seguros de sí mismos y de su creencia en sus dioses! Pero ahora, su orgullo se había rendido. Con rostros pálidos, el Rey y todos sus ayudantes estaban de pie, temblando con angustia y miedo ante la horrible cosa que había ocurrido.
“Faraón recordó entonces que una vez había exclamado: ‘¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel’ (Éxo. 5:2). Ahora, su orgullo, que una vez osara levantarse contra el Cielo, estaba humillado hasta el polvo; ‘hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y díjoles: Salid de en medio de mi pueblo vosotros, y los hijos de Israel; e id, servid a Jehová, como habéis dicho. Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e idos; y bendecidme también a mí’ ” (Patriarcas y profetas, p. 285).
¡Imagina! Aquí estaba este rey tan listo, pidiéndoles a Moisés y a Aarón que lo bendijeran, ¡después de todo lo que había dicho sobre ellos y su Dios! Pero, como había recibido tantas maldiciones por las plagas, quería asegurarse de que algo bueno vendría.
La mejor bendición para él y su pueblo fue dejar ir a los israelitas. Faraón debía haber recordado que las plagas vinieron por su propia malvada obstinación. Y, si hubiera cooperado con Moisés y Aarón, el agua no se habría convertido en sangre, los sapos no habrían saltado por todos lados, la oscuridad no habría cubierto la tierra… Ninguna de las plagas habría ocurrido. Sobre todo, nunca habría pasado por allí el ángel de medianoche.

Tomado de devoción matutina para menores 2016
¡GENIAL! Dios tiene un plan para ti
Por: Jan S. Doward
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