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jueves, 30 de mayo de 2013

UNA EXPERIENCIA NECESARIA




Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Yo seré exaltado entre las naciones! ¡Yo seré enaltecido en la tierra! (Salmo 46:10).

Este consejo de Dios es necesario para hacer frente a todas las crisis de la vida. El pánico es peligroso y mortal. La calma y el equilibrio son indispensables en momentos de crisis y dificultades. Por ejemplo, el 3 de febrero de 1943 un torpedo atacó al SS Dorchester en el Atlántico norte. El buque de transporte se inundó rápidamente y comenzó a escorar a estribor. El caos se apoderó de la tripulación. Se dañó el aparato de radiotelegrafía y los hombres corrieron, desesperados, de un lado a otro del barco. Muchos huyeron sin chalecos salvavidas. Los botes salvavidas, atestados, zozobraron, y las balsas, a la deriva, se alejaron antes de que alguien pudiera alcanzarlas. Según algunos sobrevivientes, entre toda aquella confusión sobresalía solo un pequeño espacio de orden: el sitio donde cuatro capellanes permanecían de pie, sobre la borda inclinada.
George Lansin Fox, pastor de Chicago; Alexander David Goode, rabino de la ciudad de Nueva York; Clark Poling, ministro de Schenectady, Nueva York; y John Washington, sacerdote de Nueva Jersey, guiaron con calma a los demás hacia las posiciones donde estaban los botes salvavidas. Distribuyeron entre las gentes los chalecos salvavidas que estaban en el pañol y ayudaron a los hombres que, helados de temor, se acurrucaban a un lado de la nave. Los supervivientes recuerdan todavía el sonido del llanto, de las súplicas, de las oraciones y aun de las maldiciones proferidas por algunos hombres, pero sobre todo, recuerdan el sonido de las palabras de ánimo y confianza que los capellanes pronunciaban.
Cuando ya no hubo más chalecos, los cuatro capellanes entregaron los suyos. Uno de los últimos hombres que abandonó la cubierta inundada del barco, se dio vuelta y vio a los capellanes todavía firmes, de pie, tomándose de los brazos para mantener el equilibrio. A través de las olas sus voces aún se oían orando en latín, en hebreo y en inglés. Uno de los marinos dijo: «Fue lo más bello que jamás haya visto, o esperé ver, de este lado del cielo».
¿De dónde sacaron aquellos hombres el valor que demostraron? De la misma fuente de donde podemos obtenerlo nosotros: de Dios, de su Palabra, de la oración, de la comunión constante. Cuando nuestra mente está en paz, estamos enteros, completos, como Jesús cuando dormía tranquilamente en medio de la tempestad. Sigamos el consejo de Dios: «Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios». Él nunca te defraudará.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
¿Sabías que..? Relatos y anécdotas para jóvenes
Por Félix H. Cortez

martes, 7 de febrero de 2012

NO BATA EL HIERRO MIENTRAS ESTÁ CALIENTE

«Cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba,
sino que encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2: 23).

Un viejo refrán dice: «A hierro caliente, batir de repente». Por supuesto, se refiere a la labor del herrero. Esto significa que debemos aprovechar las oportunidades en el momento preciso en que se presentan. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que en las relaciones humanas batir el hierro caliente es exactamente lo que no hay que hacer.
Supongamos que mi hijo conduce el automóvil en el que viaja toda la familia y, por alguna razón, hace una maniobra muy arriesgada que nos pone a todos en peligro. Yo podría sentirme tentado a gritarle: «¡Eh, ten cuidado! ¿Qué pretendes, matarnos? ¿Te dieron la licencia en una tómbola?».
Si reacciono de esa manera, probablemente mi hijo se sienta humillado y me responda: «Conduciría mejor si no me gritaras todo el tiempo. Estoy harto de que siempre me digas qué tengo que hacer».
He descubierto que cuando los sentimientos y las emociones son intensos, lo más sabio es callar. Es mejor esperar hasta que los ánimos se han enfriado un poco. Más tarde, con una sonrisa en los labios, podría decir: «Hijo, esta mañana, cuando ibas conduciendo, me asustaste de veras». Con eso basta. Es casi seguro que mi hijo dibuje una sonrisa forzada y me responda: «Lo siento, papá, intentaré ir con más cuidado».
Este mismo principio se aplica a los maridos y a las esposas, e incluso a los miembros de iglesia. Por alguna razón, por tendencia natural, sacamos a relucir los problemas cuando estamos enojados. Sin embargo, lo que se dice de forma airada no hace otra cosa que echar más leña al fuego y es más que probable que nos persiga durante un buen tiempo. Hay dos textos que podemos recordar cuando estallan las emociones: «La respuesta suave aplaca la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor» (Prov. 15: 1); y: «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Sant. 1: 19).
Hay momentos en que lo correcto es hablar y otros en que lo mejor es callar; hay maneras de decir las cosas que son correctas y otras que son incorrectas. Una buena oración para hoy es: «Pon guarda a mi boca, Jehová; guarda la puerta de mis labios» (Sal. 141: 3). Basado en Mateo 5:9

Tomado de Meditaciones Matutinas
Tras sus huellas, El evangelio según Jesucristo
Por Richard O´Ffill