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lunes, 11 de enero de 2016

PONLE VIDA A LOS AÑOS

La peor vejez es la del espíritu. William Hazlitt

Tres hermanas de 92,94 y 96 años vivían juntas. Una noche, la mayor subió a darse un baño, pero cuando tenía una pierna dentro del agua preguntó: “¡¿Estaba saliendo o entrando de la bañera?!” La hermana del medio respondió a la distancia: “¡Ahora subo y te lo digo!” pero, a mitad de camino, preguntó: “¡¿Estaba yo subiendo o bajando las escaleras?!” La más pequeña, que estaba en la cocina, sacudió la cabeza y dijo: “Espero nunca perder la memoria como ellas”. Así que “tocó madera” fuertemente golpeando tres veces la mesa e inmediatamente gritó: “¡Ahora subo, primero voy a ver quién está llamando a la puerta!”*
No quiero envejecer, pero tampoco puedo tapar el sol con un dedo e ignorar los cambios de mi cuerpo y de mi carácter propios de la edad. Desde pequeña le decía a mi madre: “No quiero que te hagas mayor”, y sigo sin quererlo, pero ahora tengo una perspectiva más madura de la vejez, porque “no hay quien tenga poder sobre el aliento de vida, como para retenerlo, ni hay quien tenga poder sobre el día de su muerte”
(Ecl. 8:8, NVI); así que yo también digo: “Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestra mente adquiera sabiduría” (Sal. 90:12).
En una encuesta publicada el 14 de noviembre de 2006 en el USA Today se hizo la siguiente pregunta a 1.019 adultos: “¿Qué edad te gustaría tener eternamente?” Las respuestas fueron: Menos de 18 años, el 2%; entre 18 y 20, el 4%; entre 21 y 30, el 35%; de 31 a 40, el 29%; de 41 a 50, el 14%; entre 51 y 60, el 6%; más de 61, el 3%; y un 7% no sabe no contesta. Casi nadie quiere acercarse a la vejez, probablemente por temor a la muerte o al deterioro físico. Pero para todas nosotras hay una maravillosa promesa: “Cuando nuestra naturaleza corruptible se haya revestido de lo incorruptible, y cuando nuestro cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, se cumplirá lo que dice la Escritura: ‘La muerte ha sido devorada por la victoria’ ” (1 Cor. 15:54).
Aprovechemos la perspectiva que nos da la madurez y los días que tenemos por delante para crecer en fe y amor, y para dar lo mejor de nosotras. Recordemos, en nuestro trato con la gente mayor, las palabras inspiradas: “No me desprecies cuando ya sea viejo; no me abandones cuando ya no tenga fuerzas” (Sal. 71:9). Seamos un apoyo para nuestros mayores y llevemos con optimismo nuestro propio proceso vital.

*Craig Larson y Phyllis Elshof, 1001 lllustraticms that Connect (Michigan: Zondervan, 2008), p. 9.
“Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestra mente adquiera sabiduría” (Sal. 90:12).

Tomado de Lecturas Devocionales para Damas 2016
ANTE TODO, CRISTIANA
Por: Mónica Díaz

viernes, 23 de agosto de 2013

CUANDO EL SOL SE PONE

Ya no será el sol tu luz durante el día, ni con su resplandor te alumbrará la luna, porque el Señor será tu luz eterna; tu Dios será tu gloria. Isaías 60: 19

Nada tan hermoso como el amanecer, excepto un bello atardecer. Cuando llega  la aurora, el cielo se matiza de colores dorados y ocres que parecen salidos de la paleta del Artista divino. La frescura del aire matinal penetra los sentidos y, al ser transportadas en las alas de la imaginación, podremos en ocasiones captar una vislumbre de la patria celestial. El amanecer es sinónimo de vida. La naturaleza despierta, las aves elevan sus trinos y los humanos iniciamos las faenas inconclusas. El amanecer nos pone en acción, genera dinamismo y alegría.
Por otro lado, el atardecer es un espectáculo que arroba el alma y cautiva loa sentidos. La mano de Dios diseñó los colores del atardecer. Rojos intensos en la línea del horizonte con los que se despide el sol. El aire se hace fresco y se llena de fragancias húmedas, como cuando la tierra recibe la lluvia generosa. El atardecer que nos ofrece descanso y paz, es a la vez la promesa más segura de un nuevo amanecer. El espíritu entra en un recogimiento que nos acerca a Dios, ante quien nos inclinamos reverentes en muestra de gratitud. ¡El amanecer y el atardecer son dos alegorías de alabanza y gratitud al Creador!
Nosotras somos hechura de Dios. Algunas de ustedes quizá estén en el amanecer de la vida, otras ya hemos entrado al atardecer de la existencia. Sin embargo, todas somos poseedoras de una belleza singular y somos expresiones del amor de Dios. Las jóvenes que están en el amanecer de la vida son promesas por cumplir. Las mujeres adultas que están en el atardecer de la existencia, son como promesas cumplidas. Las jóvenes son el génesis de la existencia humana; mientras que las damas adultas son como el epílogo de los buenos libros: en ellas se encuentra la mejor lección.
Mujer joven, ¡despierta! Tienes mucho que hacer. Levántate con la naturaleza y alaba a Dios. Trabaja, aprende, prepárate. Tienes el tiempo y la lozanía de la juventud a tu favor. Si acaso estás en una etapa madura, piensa que eres la reina del atardecer. Podrás invitar al descanso e infundir paz a los que te rodean. Reposa en los brazos de tu amante Señor y retorna nuevas fuerzas para continuar con la misión de tu vida, de manera que cuando el sol se ponga en tu día, entres en la alegría del eterno amanecer.

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Aliento para cada día
Por Erna Alvarado