Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor. Hechos 11:21.Soledad y Micaela llegaron a mi oficina y me dijeron: "Capellán, queremos bautizarnos; ¿qué tenemos que hacer?" Las atendí con sorpresa porque nunca me habían manifestado tan abiertamente ese deseo, y aunque apenas nos conocíamos, entablamos un lindo diálogo. Al finalizar la conversación, fijamos un día y un horario semanal para estudiar la Biblia por temas y les aconsejé: "Comiencen a asistir a la iglesia e intégrense en sus actividades".A la semana siguiente cuando nos encontramos para estudiar las Escrituras, les pregunté si habían asistido a la iglesia y me respondieron: "Sí capellán, fuimos, pero no fue muy agradable. Chicos que nos conocían del colegio ni nos miraron, así que nos sentimos como sapos de otro pozo. ¿Siempre va a ser así?" Con un poco de dolor en mi corazón, intenté explicarles que en la iglesia no todos van por amor a Jesús, y tristemente muchos demuestran su vida inconversa incluso en el templo.Una de las hermosas características de los primeros cristianos fue que vivían con "alegría y sencillez de corazón" (Hech. 2:46). Nadie se creía más que otra persona, todos se amaban y se respetaban, y a cada persona nueva se la atendía con mucho cariño, para que también aceptara a Jesús como Salvador. El relato bíblico de los primeros capítulos de Hechos de los Apóstoles describe una comunidad ideal, donde todos participaban en la ganancia de almas, algunos con la predicación y otros con el buen espíritu de hacer sentir bien a los demás.Soy consciente de que no todos están capacitados para predicar desde el frente o para dar estudios bíblicos en los hogares, pero es deber de todos, no importa los talentos que posea, colaborar para que las visitas se sientan tan a gusto que deseen volver al lugar donde se enseña de Jesús y de su Palabra.Si tú hace años que vas a la misma iglesia y un sábado ves que llega un joven que los visita por primera vez, no dejes que se sienta solo o que tenga que "pagar derecho de piso". Acércate como lo haría Jesús y hazlo sentir tan cómodo como si se conocieran de toda la vida. Esa tarea, por humilde que parezca, tendrá un valor infinito a los ojos de esa persona y a los ojos de Dios.Tomado de meditaciones matinales para jóvenesEncuentros con JesúsPor David Brizuel
Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Romanos 5:10.El tema de la gracia jamás será entendido del todo por la limitada mente humana. ¿Cómo entender que el Dios todopoderoso, Creador del cielo y la tierra, se haya hecho hombre, y viniera a morir en la cruz del Calvario, para salvar al ser humano? Pasarán siglos. En la eternidad, estudiaremos este asunto, y jamás lo entenderemos. Por eso, Dios ilustró la gracia en la muerte del cordero: un animal inocente, que no tenía culpa, era llevado al altar, y era sacrificado con el fin de que el pecador recibiese el perdón.Cuando las manos del pecador se extendían, con el cuchillo empuñado, en dirección de la garganta del animalito; al contemplar a aquel inocente ser, que moría sin dar un gemido, el pecador podía tener una leve idea de lo que Jesús haría por él, en la Cruz.Los judíos creen que la interpretación cristiana de Isaías 53 es una inmoralidad. Esta posición parece demasiado dura, pero ellos explican: "Que un hombre malo muera por sus delitos, eso es justo y moral; pero, que un ser bueno, que no le hizo mal a nadie, muera por los delitos de los pecadores, eso es inmoral".Tal vez sí; desde el punto de vista humano, con toda seguridad. Pero, Dios muestra su amor, para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Difícilmente alguien moriría por un amigo: ¡imagínate morir por un enemigo! Nosotros éramos enemigos de Dios y, sin embargo, el Señor Jesús entregó su vida por nosotros.La eternidad no será suficiente para cantar loores de gratitud a Dios, por el don maravilloso de Jesucristo. Él ve, en ti, un potencial que nadie es capaz de discernir. Te acepta como eres, pero te ve como lo que, un día, transformado por su amor, llegarás a ser.La base para esa confianza es el versículo de hoy: si Jesús te amó y se entregó por ti cuando vagabas en terreno enemigo, ¡mucho más ahora, que eres parte de su Reino! Él te tomará de la mano, y te guiará a los pastos verdes y a las aguas tranquilas. Te conducirá de victoria en victoria, hasta la victoria final.Con esa seguridad en tu corazón, enfrenta las luchas de este nuevo día, "porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida".Tomado de meditaciones matinales para adultosPlenitud en CristoPor Alejandro Bullón
Nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16).Una vez hemos sido rescatados, perdonados y reconciliados, ya estamos listos para que, de manera paulatina, el Espíritu Santo vaya realizando una transformación en nuestro ser, cambiando nuestros gustos y preferencias, nuestras debilidades y nuestra condición pecaminosa, renovándonos por completo. La primera renovación que se produce en el ser humano que ha sido reconciliado con Cristo es la del corazón.Dice el profeta: «Os daré un corazón nuevo» (Eze. 36: 26). Este texto nos habla cíe que Dios producirá en nosotros un cambio total; y posteriormente añade: «Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne». «Os daré un corazón nuevo» quiere decir lo mismo que «os daré una mente nueva», una nueva forma de pensar y de entender las cosas. Al cambio del corazón lo acompañan siempre una clara convicción del deber cristiano y la comprensión de la verdad. El que con oración se acerca a las Escrituras tendrá conceptos claros y su entendimiento alcanzará un plano superior de inteligencia.Ese milagro se hace realidad en las vidas de aquellos que anhelan la renovación por medio de la sangre redentora de Cristo. Entonces el corazón, antes endurecido como piedra por el pecado, es transformado en un corazón dócil, receptivo al Espíritu Santo y al mensaje de las Escrituras, y se dispondrá, con humildad y mansedumbre, a enmendar las faltas cometidas y a proyectarse hacia el futuro con la seguridad de que podrá llegar a las mansiones eternas.1.a mujer pecadora que fue llevada ante Jesús para ser condenada experimentó la transformación del corazón. Su vida, antes degradada por el pecado, y su corazón, ames repleto de ira, remordimiento y odio, fueron dócilmente transformados en una nueva manera de pensar y de vivir. Ahora servía a Cristo. Las palabras renovadoras del Maestro: «Vete y no peques más» (Juan 8: 11) habían obrado el misterio de la renovación.No importa cuántas cargas lleves en tu vida ni cuan duro creas tener el corazón. Para Jesús no hay nada imposible. Aquello que a nosotros nos parece irrealizable, encuentra solución en el amor divino.«Vuelve ahora en amistad con Dios y tendrás paz; y la prosperidad vendrá a ti» (Job 22: 21).Tomado de meditaciones matutinas para mujeresDe la Mano del SeñorPor Ruth Herrera
Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad. Santiago 2:12.Ese sábado tuve que asistir a una iglesia diferente de la que concurro habitualmente, porque se bautizaban varios de los alumnos del colegio donde trabajaba. Al llegar, me recibió Marcos, un joven de dieciocho años que también pertenecía al colegio y que estaba vestido como conquistador para dirigir la guardia de honor de quienes se bautizaban. Durante el bautismo, Marcos se mostró servicial, atento y muy responsable de todas las actividades que tenía a su cargo, y en buena medida me sentí orgulloso de que asistiera a un colegio adventista.Días más tarde, al ingresar al aula de Marcos, lo vi haciendo desmanes terribles. Cuando un preceptor le llamó la atención, Marcos le respondió con tantas palabrotas que no podía creer que se tratara del mismo joven que había colaborado en el bautismo. Luego, al conversar con la directora del colegio, me mencionó que Marcos tenía una conducta pésima con casi todos los profesores, y que estaban esperando que terminara el año de estudios porque entonces ingresaría a la universidad y no tendrían que soportarlo como estudiante de la escuela secundaria.Es común que tanto jóvenes como adultos nos comportemos de un modo diferente en el ambiente cotidiano que en la iglesia. Como la iglesia es la casa de Dios, muchos somos reverentes y hasta parecemos excelentes cristianos, pero una vez que salimos del templo, volvemos a la vida que llevábamos y vivimos como si Jesús no existiera.Santiago, procurando que los cristianos se condujeran como tales en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, aconsejó: "Así hablad y así haced". Es fácil mostrarse como buenos cristianos mientras estamos en el templo, pero el cristianismo genuino se demuestra en cada lugar que se pisa. Jesús fue un ejemplo de vida en la montaña, en la barca con sus discípulos, en la casa de Lázaro, en la mesa de Simón, en el templo, en su hogar y en el juicio ante Anas y Caifás. Su mensaje fue auténtico y llamativo, pero lo que más impresionó a los contemporáneos de Cristo fue su vida ejemplar. Por eso, si somos seguidores de Jesús, tenemos que vivir como buenos cristianos en la iglesia, en la casa, en el colegio y en la casa de nuestros amigos.Cada uno de nosotros debe vivir cada día mirando a Jesús como el gran modelo. No importa el lugar donde estemos, no importa la circunstancia, siempre debemos ser y parecer cristianos. Con Jesús en el corazón, una vida doble no tiene sentido.Tomado de meditaciones matinales para jóvenesEncuentros con JesúsPor David Brizuel
Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Romanos 3:24.- Perdí mi carrera, mi familia, mi libertad... Perdí mi vida! ¡No me queda nada!La voz ronca, quebrada y triste de Juana no escondía el volcán de sentimientos que atormentaban su corazón. Escondía sus ojos detrás de unos lentes oscuros, baratos; de esos que compras en la calle por tres dólares.La calle; tal vez, la calle fue su desgracia. Había sido en la calle que encontró gente que la llevó a la drogadicción y, finalmente, a la cárcel. En la calle sufrió, pasó hambre y durmió. ¡La calle! ¡Ah, calles abarrotadas de gente! Calles asfaltadas. Más peligrosas que los caminos angostos de la jungla. Calles sin alma, sin compasión; calles de muerte.Todo eso era pasado: en la cárcel, privada de su libertad, fue, irónicamente, donde halló la verdadera libertad.Madrugada fría de junio; piso helado de cemento; comida de puercos en el suelo, disputada por ratas y cucarachas... ¿Por qué es necesario llegar al extremo de la vida, para reconocer que Jesús es la única salida? En el frío lacerante de aquella celda solitaria, pagaba el castigo por causa de una indisciplina. Allí, Juana se acordó de un versículo de la Biblia, que oía todas las mañanas a través de la radio de otra presidiaría: "Somos justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo".En el dolor, el corazón se vuelve sensible; en la derrota, se aprende; en la soledad, se piensa. Juana sintió, pensó y aprendió. Aceptó a Jesús como su Salvador, y ese fue el inicio de una nueva vida.La redención no es solo salvación: la redención significa libertad, porque alguien pagó el precio. El precio no fue oro ni plata, sino la preciosa sangre de Jesucristo. Él sufrió, fue encarcelado y murió para que tú pudieses vivir. Nada, ni nadie, tiene el derecho de quitarte esa libertad.Un día, Jesús tuvo que subir la angosta calle que lo llevó a la muerte, a fin de que tú salieses de las calles traicioneras de este mundo, y encontrases el Camino: aquel que, con seguridad, te llevará a la vida eterna.Por eso, hoy, antes de salir a la calle en busca de tus sueños, recuerda que "somos justificados por su gracia, por la redención que hay en Cristo Jesús".Tomado de meditaciones matinales para adultosPlenitud en CristoPor Alejandro Bullón
Porque, si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida: (Romanos 5:10).Ernesto y Vivían habían roto su relación matrimonial de una forma muy drástica. El amor que una vez los había unido había dado paso al odio. Tanto se despreciaban mutuamente que decidieron no volver a verse nunca más. Los dos tomaron rumbos diferentes y la tutela del hijo fue concedida a la madre.Los años pasaron sin que hubiera ningún tipo de comunicación entre ellos, hasta que un día, mientras Vivían yacía de rodillas sobre un suelo enlutado y cubierta de lágrimas por la muerte súbita de su único hijo, sintió que una mano se apoyaba en su hombro. Allí estaba Ernesto. Olvidando las rencillas del pasado, los dos se abrazaron y lloraron junto a la tumba de su hijo. Desde ese momento las cosas cambiaron, y aquellas personas que se habían distanciado volvieron a unir sus vidas formando el hogar que siempre habían querido tener. Una nueva familia surgió de esa reconciliación. Fue necesaria la muerte del hijo amado para que ellos volvieran a encontrarse y se reconciliaran.Hace mucho tiempo nuestro mundo sufrió la más dolorosa y abrupta separación. Dos seres que se amaban profundamente quedaban separados por una brecha enorme. Dios y Adán, quienes vivían en armonía y disfrutaban de un amor perfecto y puro, vieron interrumpidas sus buenas relaciones por causa del pecado. El amor de Adán se transformó en justificación propia, y terminó culpando al propio Creador por su falta. Tan terribles fueron las consecuencias de su pecado que las generaciones futuras se olvidaron de Dios y se revelaron contra él. Fue necesario que el único Hijo de Dios muriera para reconciliar al hombre con la divinidad.Allí, en la cruz del Calvario, mientras el Hijo pendía agonizante del madero, «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados» (2 Cor. 5: 19). ¿Qué impacto produce en tu corazón este mensaje tan sublime?Mientras Cristo moría, le estaba reconciliando con Dios por medio de su sangre redentora. Ahora has pasado a ser hija de Dios por creación y por redención.Tomado de meditaciones matutinas para mujeresDe la Mano del SeñorPor Ruth Herrera
Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Hebreos 10:23.Uno de los hechos más notables del pueblo israelita durante el período de los jueces fue su constante vaivén en su vida religiosa. Las Escrituras nos dicen al respecto: "Y cuando Jehová les levantaba jueces, Jehová estaba con el juez, y los libraba de la mano de los enemigos todo el tiempo de aquel juez; porque Jehová era movido a misericordia por sus gemidos a causa de los que los oprimían y afligían. Mas acontecía que al morir el juez, ellos volvían atrás, y se corrompían más que sus padres, siguiendo a dioses ajenos para servirles" (Jue. 2:18, 19).Pero esta oscilación en la vida religiosa no fue exclusiva al período de los jueces, ya que "la fluctuación entre la adoración al Dios de Israel y la idolatría prosiguió durante el tiempo de los reyes, con frecuencia fortalecida por alianzas políticas y casamientos con paganos" (Alfonso Lockward, Nuevo diccionario de la Biblia, pp. 85, 86).Podemos observar este error común, que impide el crecimiento espiritual y que puede llevar a la apostasía, en los creyentes que se sienten en la cima espiritual después de un buen sermón o de una semana de reavivamiento. Pero terminado el evento que avivó la llama de su fe, se vuelve a caer en una rutina espiritual que socava toda esa euforia, y se termina igual que antes. ¿Cuál es la causa de esta fluctuación? La falta de fe. Hebreos anima a sus lectores a no cometer este error, cuando dice: "Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza". La firmeza de nuestra fe tiene que imitar la firmeza del amor de Dios y la seguridad de sus promesas para nosotros. Este Dios a quien servimos y de quien nos decimos sus hijos, tiene la cualidad de no variar, de no fluctuar, de no vacilar (Sant. 1:17); y así como debemos imitarlo en todo (Juan 13:15), debemos procurar desarrollar una fe creciente y estable.Nuestra iglesia necesita cada vez más de jóvenes que se comprometan con Dios. Anímate a ser uno de ellos y mantén firme tu compromiso hasta que te encuentres con Jesús cara a cara.Tomado de meditaciones matinales para jóvenesEncuentros con JesúsPor David Brizuel
Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Lucas 23:42.Conocí a Andrés en una de las ciudades más violentas del mundo. Tenía fama de malo. Había pasado varios años en la prisión, pagando por sus crímenes. Fue en la cárcel que se encontró con el Señor Jesucristo.Una noche helada, de invierno, Andrés agonizaba; temblaba de frío, casi congelado, esperando la muerte. Fue en esas condiciones que me oyó, a través de la radio de un compañero de celda. Aquella noche, el Espíritu de Dios tocó su corazón. Había oído muchas veces hablar de Jesús, pero creía que la religión era cosa de personas débiles; él siempre se había considerado un valiente.Armado hasta los dientes, había provocado dolor a mucha gente. Era malo y cruel. Había escogido el camino del crimen cuando era apenas un adolescente; y culpaba a la sociedad por no haberle brindado otro camino que escoger. Aquella noche, moría poco a poco; y la muerte lo asustó. En la casi penumbra de su agonía, entendió que Dios lo amaba y que quería darle un nuevo corazón. Suplicó. Clamó a Jesús por una segunda oportunidad. Y se adormeció.A la mañana siguiente, vio entrar el sol por la ventana. Se encontraba en la enfermería de la prisión. Los rayos del sol eran insistentes, a pesar de la fuerte neblina. "Yo estaba vivo", me dijo, sin poder esconder la emoción. "Yo no había muerto. Dios me estaba dando una segunda oportunidad".En el momento mismo de su muerte, hace más de dos mil años, un ladrón también fue tocado por la escena de la agonía de Cristo. El ladrón sabía que debía morir: él había pecado, había vivido una vida de desobediencia, había rechazado el amor y los consejos divinos. Pero, el sufrimiento de Jesús tocó su corazón y, en el último minuto de su vida, aceptó la muerte de Cristo en su favor.Desde aquel día y a lo largo de la historia, millones de seres humanos han sido transformados por Jesús. Pero, todos ellos, de una manera u otra, han tenido que aceptar, de nada vale el sacrificio de Cristo, sin la aceptación personal.La Cruz es un monumento a la misericordia y a la gracia de Jesús: por su misericordia, Dios no nos da la muerte que merecemos; y, por su gracia, nos da la vida que no merecemos.No salgas hoy de tu casa sin recordar que un ladrón "dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino".Tomado de meditaciones matinales para adultosPlenitud en CristoPor Alejandro Bullón