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martes, 24 de marzo de 2020

EL ANATEMA

Vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé» (Jos. 7:21, RV60). 

Con estas palabras confesaba Acán su pecado. ¿Y cuál era su pecado?, tal vez te estarás preguntando si no conoces bien el relato bíblico. Su pecado era haber codiciado y agarrado para sí algo que Dios había prohibido explícitamente: «Será la ciudad anatema a Jehová, con todas las cosas que están en ella; […] guardaos del anatema; ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, no sea que hagáis anatema el campamento de Israel, y lo turbéis» (Jos. 6:17-18, RV60).

No hay duda de que la codicia es un pecado que se ha producido en todas las generaciones; nace en cualquier corazón humano. Posiblemente Acán escuchó una voz interna que le decía que aquel tesoro era su gran oportunidad. Por eso decidió esconderlo del escrutinio de sus vecinos. Ese día, Acán cambio la protección divina por un simple manto babilónico, doscientos siclos de plata y un lingote de oro. ¡Qué pobre intercambio! Pensó apenas en el placer momentáneo y fugaz, creyendo que en ello había felicidad. Lo que encontró fue desgracia.

«¿Por qué, Dios? ¿Por qué te apartaste de nosotros y no nos defendiste?», preguntaba Josué, el líder de Israel, a Dios, tras perder una batalla. El buen Dios le contestó de inmediato: «Porque el pueblo ha caído en una gran falta: quebrantaron el pacto, tomaron del anatema y hurtaron. Mintieron. Escondieron el “tesoro”». Hay que ver cuán lejos llega la avaricia, cómo va dando un paso tras otro hasta que la situación se vuelve irremediable.

Parafraseando a Epicuro: ¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu avaricia. Todo un ejemplo a seguir, y una filosofía que nuestro Maestro, Jesucristo, predicó con gran convicción: «Cuídense ustedes de toda avaricia; porque la vida no depende del poseer muchas cosas» (Luc. 12:15).

No consideres livianamente la avaricia porque, en realidad, es un pecado grave. Aunque nadie se dé cuenta porque solo tú sabes lo que hay en tu corazón, Dios sí está pendiente de tus motivos internos. No permitas que, dentro de ti, se vaya desarrollando poco a poco el deseo de tener aquello que te haría mucho mal y nada de bien.


«Cuídense ustedes de toda avaricia; porque la vida no depende del poseer muchas cosas» Lucas. 12:15


DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2020
UN DÍA A LA VEZ
Patricia Muñoz Bertozzi
Lecturas Devocionales para Mujeres 2020.

martes, 19 de abril de 2016

PLATA, ORO Y UN VESTIDO

Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros. Josué 7:13.

Con la ciudad de Jericó en ruinas y nadie alrededor, los israelitas debieron de haber pensado que era un excelente momento para encontrar algún buen negocio entre las posesiones del pueblo de Jericó. Pero Dios puso fin a tales pensamientos cuando específicamente les dijo que no tomaran ningún artículo para su uso personal. Todo tenía que pasar por el fuego. Los metales que no se quemarían, tales como la plata y el oro, se iban a guardar para el servicio del Santuario.
Sin embargo, un hombre no pudo resistir la tentación de llevarse algo del botín. Acán robó doscientas monedas de plata, un gran lingote de oro y un manto sofisticado, importado de Babilonia, como los que usualmente usaban la realeza o los muy ricos. Quería tanto los objetos de valor que, mientras el ejército estaba ocupado quemando los edificios, él huyó con los bienes. Sigilosamente, regresó al campamento y los enterró justo debajo de su tienda.
Poco después de la caída de Jericó, Josué envió una reducida compañía de soldados para tomar la pequeña ciudad de Hai. No parecía ser necesario llevar a todo el ejército y, sin pedir consejo a Dios, los israelitas salieron a conquistar la ciudad. Sintiéndose confiados y con la frente en alto, pensaron que Hai sería “pan comido”. Pero los hombres de Hai salieron tras los 3.000 soldados israelitas, los persiguieron y mataron a 36.
¡Qué sorpresa! ”El corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua’ (Josué 7:5).
Los ancianos lloraron. Josué cayó sobre su rostro ante Jehová, en oración. Entonces, Dios le dijo que se levantara y comenzara a buscar, porque había anatema en el campamento. La codicia había prevalecido.
Dándole a la persona culpable tiempo para arrepentirse, el Señor le dijo a Josué que echara suertes sobre los nombres al día siguiente. Acán permaneció en silencio mientras se echaban suertes sobre la tribu de Judá; luego su familia fue elegida, su casa y, finalmente, su propio nombre.
Cuando ya no pudo esconder más su pecado, confesó. Pero, hay una gran diferencia entre admitir los hechos después de que son probados y confesar los pecados de antemano. Acán fue sentenciado a muerte porque representaba a todos los que se aferran a su codicia.
En el día del Juicio Final, muchos encontrarán que es demasiado tarde para confesar el anatema que se ha convertido en su dios.

Tomado de devoción matutina para menores 2016
¡GENIAL! Dios tiene un plan para ti
Por: Jan S. Doward
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