viernes, 26 de febrero de 2010

FRACASO ESPIRITUAL

Así dice el Señor: «¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor!» (Jer. 17: 5).

Otro gran riesgo que corre el que busca la justificación por méritos propios, es fracasar en la experiencia cristiana. El apóstol lo puso de esta manera: «¿Qué concluiremos? Pues que los gentiles, que no buscaban la justicia, la han alcanzado. Me refiero a la justicia que es por la fe. En cambio Israel, que iba en busca de una ley que le diera justicia, no ha alcanzado esa justicia. ¿Por qué no? Porque no la buscaron mediante la fe sino mediante las obras, como si fuera posible alcanzarla así. Por eso tropezaron con la piedra de tropiezo» (Rom. 9: 30-32).
Es lamentable que el pueblo de Israel cayera en el fracaso espiritual cuando iban en busca de la justicia. La razón de su fracaso es que, aunque querían justicia, deseaban la justicia de ellos, no la justicia que Dios les prometió. Dios les había prometido la justicia que se alcanza por la fe en Cristo, pero ellos querían la justicia que se alcanza por el mérito propio, es decir, con el esfuerzo personal.
El fracaso espiritual es el resultado seguro de buscar una justicia basada en el mérito. El éxito en la vida espiritual depende de nuestra relación estrecha con Cristo, una relación que se realiza por fe, es decir, por tener confianza en él. Cuando confiamos en nosotros mismos, entonces el fracaso está a las puer¬tas. La confianza propia es señal segura de fracaso.
La razón de esto estriba en que nuestra naturaleza es una naturaleza débil y frágil. No tenemos las fuerzas morales para resistir el mal. Podemos resistir algunas cosas, pero el bombardeo del mal es tan persistente que finalmente caemos. Ya hemos mencionado que el apóstol Pablo exclamaba: «¿Quién me librará de este cuerpo mortal?» (Rom. 7: 24). La naturaleza humana con¬taminada por el mal es impotente para oponerse a este enemigo poderoso. La justificación por la fe implica que colocamos nuestra confianza en lo que Dios puede hacer por nosotros, y no en lo que nosotros podemos hacer con nuestra propia fuerza. Si confiamos en nosotros, fracasaremos espiritualmente como sucedió con Israel.

Tomado de Meditaciones Matinales para Adultos
“El Manto de su Justicia”
Autor: L Eloy Wade C

jueves, 25 de febrero de 2010

JESÚS SE PREOCUPA POR NOSOTRAS

La mujer que teme a Jehová, esta será alabada (Proverbios 31:30).

Jesús tiene a las mujeres en alta estima; y hay numerosas evidencias en la Biblia que confirman esta idea. Cuando Cristo se levantó del sepulcro, a la primera persona que se le apareció fue a una mujer, y le pidió que llevara las buenas nuevas de su resurrección a los discípulos. ¡Qué misión! ¡Qué her-moso privilegio!
Jesús utilizó a la valiente reina Ester para libertar a su pueblo en un mo-mento en que parecía no haber otra salida. Y qué coraje tuvo para presentarse ante el rey: "Y si perezco, que perezca".
Ante la muerte de Lázaro, Jesús consoló a María y a Marta, confundiendo sus lágrimas con las de ellas. Luego, les devolvió a su hermano.
Pienso en la mujer sorprendida en adulterio. Cuando todos los demás se volvieron contra ella gritando que fuera apedreada, Jesús no la condenó; la perdonó y la libertó.
Cuando la viuda de Naín lloraba por la pérdida de su único hijo -el único que podía sustentarla-, Jesús tuvo compasión de ella y con amor le devolvió la vida al muchacho.
Jesús se preocupa grandemente por las mujeres. Es muy compasivo con nosotras. Nos comprende, nos ama incondicionalmente y conoce nuestra estructura, porque él nos formó. En la Creación, cuando el Creador vio cuan solo estaba el hombre, le dio una compañera: Eva, que fue tomada de un hueso del costado de Adán. Dios eligió cuidadosamente ese hueso del costado; no de la cabeza, porque él no sería su gobernante, ni de su pie, porque nunca debía pisotearla. Tomó el hueso del lugar más cercano al corazón del hombre -el lugar de los afectos-, y creó a la mujer. El hombre debe conservar a la mujer cerca de su corazón. La mujer debe estar al lado del hombre como su compañera, su amiga y su igual. Ese es el plan de Dios.
Es una pena que esta bendición se haya manchado por el pecado. No obstante, Jesús todavía se preocupa por nosotras. Su amor hacia nosotras no ha cambiado. Desea restaurarnos a nuestro estado original y Jesús ya hizo provi¬sión para eso. Quiere restaurar nuestros caracteres, nuestras vidas y nuestros hogares a lo que una vez fuera la familia edénica. Toda mujer alcanzará su potencial máximo. ¿No añoras ese día? ¡Yo sí! ¡Preparémonos!
Jacqueline Hope HoShing-Clarke
Tomado de Meditaciones Matinales para la mujer

Mi Refugio
Autora: Ardis Dick Stenbkken

EL VALOR DEL TESTIMONIO

En cierta ocasión los sirios, que salían a merodear, capturaron a una muchacha israelita y la hicieron criada de la esposa de Naamán. 2 Reyes 5: 2.

Una muchachita hebrea había sido llevada cautiva a la casa del general del ejército que la privó de su familia. A pesar de estar en otro lugar ella tenía una confianza inalterable en su Padre celestial.

Observa la seguridad con que ella visualiza la curación del militar sirio en el versículo 3: «Un día la muchacha le dijo a su ama: "Ojalá el amo fuera a ver al profeta que hay en Samaría, porque él lo sanaría de su lepra"».
Ben-adad, rey sirio, habla derrotado a Israel y dado muerte al rey Acab. Desde entonces la frontera norte israelita era asediada y atacada constantemente por los sirios. Naamán, el general de aquel ejército triunfador, lo tenía todo: Éxito, admiración y dinero. Pero le faltaba la salud, y no podía disfrutar de todo lo que tenía. Hasta que una pequeña esclava fue mensajera de Dios, ella confirmó al general que su lepra podía ser curada por medio del profeta que estaba en Samaría. La historia nos dice que Naamán fue finalmente a Israel y, con ciertos refunfuños, aceptó las indicaciones del siervo de Dios, ¡y fue curado!
¿Cómo puedes ser testigo de Dios en tiempos de crisis? Aquella muchachita fue enseñada desde sus primeros años en el conocimiento de Dios. La vida devocional en su hogar era una prioridad. Lo que se siembra en los tiernos años de la infancia tendrá repercusiones eternas en la vida de los hijos. El estudio de la Biblia nos capacita para enfrentar cualquier crisis de la vida, y ser una bendición para otros, incluso para los que se declaran enemigos de Dios.
¿Te has preguntado por qué Dios te ha colocado precisamente en el lugar en el que estás ahora? Probablemente tú no lo habrías planeado y seguramente no habrías tomado decisiones para estar ahí. A igual que la muchacha del texto, Dios tiene preparado algo para ti, para que testifiques a su Hijo.
«"Vosotros sois mis testigos" [Isaías 44: 8, RV95]. ¿Ante quién? Ante el mundo, pues han de llevar consigo una influencia santa». MJ 198.


Tomado de Meditaciones Matinales para Jóvenes
¡Libérate! Dale una oportunidad al Espíritu Santo
Autor: Ismael Castillo Osuna

¿MURIÓ EN VANO?

No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano (Calatas 2: 21).

Otro riesgo que el apóstol pablo menciona, y que está íntimamente relacionado con los ya mencionados, es hacer vano el sacrificio de Cristo. Resulta lamentable pensar que la actitud de justificarse por méritos propios invalida la muerte de Cristo. Decir que puedo salvarme de alguna otra manera hace, inútil el sacrificio de Cristo. Declara que Cristo murió por nada.
En el tiempo que Cristo fue crucificado había muchos que morían de esa manera. Cruces con cadáveres que pendían de ellas era una escena común en la Palestina de ese tiempo. ¿Creen ustedes que alguna de las personas que pasaban junto a esas cruces clavadas a la vera del camino, levantaban su rostro para mirar a los que estaban crucificados, y decir: «Él murió por nosotros?» Obviamente, no. Por lo menos deben haberse preguntado: «¿Por qué habrán crucificado a este? ¿Qué crimen debe de haber hecho que lo crucificaron?» Porque los que morían crucificados en ese tiempo eran ladrones, asesinos, asaltantes, secuestradores y esclavos fugitivos.
Tratar de justificarnos por méritos propios es invalidar la razón por la que Cristo murió en la cruz. Equivale a haber pasado debajo de su cruz, y haber exclamado: «¡Quién sabe por qué murió!».
Los sacerdotes y dirigentes judíos que conspiraron para que Cristo fuera crucificado decían saber por qué murió Jesús: «Señor —le dijeron—, nosotros recordamos que mientras ese engañador aún vivía, dijo: "A los tres días resucitaré"» (Mat. 27: 63). De acuerdo a ellos, Jesús era un engañador que merecía morir porque decía que era el Mesías, y no lo era. Por eso, decían ellos, murió en una cruz. Hicieron vano el sacrificio de Cristo porque hacían que hubiese muerto por sus propios delitos, no por los pecados de la humanidad.
Cuando creemos que la salvación depende de lo que hagamos, no de lo que Cristo hizo, hacemos vano su sacrificio y muerte. Proclamamos que Cristo mu¬rió de balde. Los escritores bíblicos no hacían vano el sacrificio de Cristo; creían que Cristo murió por nosotros.

Tomado de Meditaciones Matinales para Adultos
“El Manto de su Justicia”
Autor: L Eloy Wade C

miércoles, 24 de febrero de 2010

AMOR ILIMITADO

Mirad cuan bueno y cuan delicioso es habitar [las hermanas juntas] en armonía! (Salmo 133:1).

La hostilidad es una barrera muy difícil de superar entre medio hermanos. Como el José de la Biblia, yo experimenté una situación similar, aunque ni grado menor. No obstante, no era menos dolorosa. Tal vez porque era la mayor y la primera niña de la familia, mis abuelos sentían gran afecto por mí, y esto causaba celos entre los otros nietos. Sin embargo, nuestra familia no hablaba de nuestros problemas, y yo no entendía la hostilidad.
Cuando tenía 11 años de edad, mis padres se separaron, y la situación entre mis medios hermanos y yo se volvió insoportable. Me casé a los 15 años solo para marcharme de mi hogar. Luego, mi padre se mudó a San Pablo, y allí aceptó a Cristo como su Salvador. Poco tiempo después, tres de mis medios hermanos se mudaron a la casa de mi padre, y también aceptaron a Cristo. Cuando tenía 20 años de edad, me separé de mi primer esposo y también me mudé a San Pablo. En la casa de mi padre todos eran cristianos... excepto yo. Como amaba a mi padre y lo respetaba, iba a la iglesia. Pero no me sentía .atraída hacia Jesús. La relación que tenía con mis medio hermanos me lastimaba profundamente. Pero el amor de Dios es grande. Aprendí de Jesús, y poco después lo acepté como mi Salvador.
Contrariamente a mis expectativas, la relación con mis hermanos y hermanas empeoró, en especial con una hermana. Decidí obedecer el mandato de Dios de pagar bien por mal. Tres años más tarde, mi hermana tuvo que realizarse una cirugía de emergencia. Dejé todas mis tareas de lado para cuidarla. A los 41 días de estar hospitalizada, sorpresivamente mejoró. Apretó mi mano, me miró a los ojos y me dijo: "María, Dios tiene una hermosa corona para ti. Yo nunca podría hacer lo que tú hiciste por mí. Perdóname por todo". Al día siguiente, por la tarde, mientras yo sostenía su mano, ella falle-i u'). Kspero ansiosamente el regreso de Jesús para que finalmente podamos ilisl rutar de una buena relación como hermanas.
¡Alabo a Dios porque nos ayuda a amar incluso a aquellos que nos tratan mal! Tal vez tengamos la oportunidad de ver que alguien reconoce sus errores y se arrepiente. Pero, en esta mañana pido que el amor de Jesús nos envuelva de tal forma que seamos capaces de amar a otros, sin importar cómo nos traten.
María Chévre
Tomado de Meditaciones Matinales para la mujer
Mi Refugio
Autora: Ardis Dick Stenbkken

EL PRECIO DE LA VIDA ETERNA

«Para los hombres es imposible», aclaró Jesús, mirándolos fijamente, «mas para Dios todo es posible». Mateo 19:26.

Jesús acababa de dejar a un joven, que ganó su aprecio en el primer encuentro, según se registra en el Evangelio de Marcos, que no pudo reclutar porque «tenía muchas posesiones». ¡No lo pudo incorporar a sus seguidores! ¿Entonces qué pasó con aquello de que «para Dios todo es posible»?
El joven rico jamás iba a poder vencer su egoísmo y su deseo de acumular más riqueza sin la ayuda de Jesús. El muchacho tenía una buena percepción de Jesús, a quien le llamó «Maestro» (vers. 16). Además, exhibía una conducta aceptable, pues dio un claro testimonio de su obediencia a la Ley durante su corta vida.
—¿Qué más me falta?—, preguntó a Jesús.
—Anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres —respondió el Señor.
¿Acaso exigió Jesús un requisito demasiado elevado a este joven? ¿Te imaginas deshacerte de tanto? Y no para conseguir dinero en efectivo e invertirlo en algún negocio, sino, ¡para regalarlo a los pobres!
¿Lo imaginas más tarde conversando con sus amigos?
—¿Me creerían si les dijera que hoy fui a comprar la vida eterna?
—Pero, ¿qué dices?—, preguntaron los amigos.
—Sí, es en serio. Hoy fui a comprar la vida eterna. —¿Y la compraste? Con eso de que tú puedes comprar todo lo que quieras, podría existir una posibilidad.
—No, no la compré.
—¿Acaso no te alcanzó el dinero?
¿Cuánto dinero es necesario para comprar la vida eterna? Yo pienso que el requerimiento de Cristo no fue demasiado alto. Simplemente estaba a la altura de lo que el joven había venido a buscar. Jesús le puso un precio a la vida eterna: «Debes dar todo lo que tienes».
«Nosotros, y todo lo que tenemos, pertenece a Dios. No deberíamos considerar un sacrificio el darle el afecto de nuestro corazón». MJ 68


Tomado de Meditaciones Matinales para Jóvenes
¡Libérate! Dale una oportunidad al Espíritu Santo
Autor: Ismael Castillo Osuna

CAER DE LA GRACIA

Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley, han roto con Cristo; han caído de la gracia (Calatas 5: 4).

Las personas que creen que se pueden justificar ante Dios por obras meritorias, corren el riesgo de caer bajo maldición. Una cosa es estar bajo la maldición de los hombres; otra muy distinta es estar bajo la maldición de Dios. La maldición de los hombres puede destruir tu cuerpo, pero eso es todo; la maldición de Dios puede destruir tu alma, y por consiguiente puedes perder la vida eterna. No es un riesgo de poca monta. Después de todo, es una distorsión del evangelio de Cristo.
Los que tratan de hallar la salvación por méritos propios corren otro riesgo también muy peligroso. Dice Pablo que es el riesgo de caer de la gracia. ¡Qué tremendo! Ahora nos damos cuenta por qué los que invocan la justificación propia están bajo maldición. ¡Es que se han desligado de Cristo! Cristo es el único medio que Dios proveyó para la redención del ser humano. Fuera de Cristo, entonces, no hay salvación. Así que los que dicen que se pueden salvar por sus propias obras, desdeñan la salvación que Dios les ofrece. Despre¬cian el sacrificio de Cristo provisto en lugar del pecador. Que los que creen en la justicia por obras se pierdan, no es para sorprenderse: Es el resultado natural de despreciar el sacrificio infinito de Dios por el pecador.
El apóstol considera que esa actitud implica romper con Cristo. Es, para todo fin práctico, darle la espalda a Cristo. Es como decirle: «Tú moriste por mí, pero, en realidad, no era necesario. Yo tengo otra forma como se podría haber logrado. He descubierto algo mejor». Las consecuencias de esta actitud son terribles. Dice Pablo que es caer de la gracia. La gracia es la bondad maravillosa de Dios que nos ofrece la salvación a través de lo que Cristo hizo. Caer de la gracia es rechazar esa oferta. ¡Con cuánto cuidado debiéramos considerar nuestra experiencia cristiana para no caer en este error fatal!

Tomado de Meditaciones Matinales para Adultos
“El Manto de su Justicia”
Autor: L Eloy Wade C

martes, 23 de febrero de 2010

EL ME OYÓ

Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído (Isaías 65:24).

A las 6 de la mañana sonó la alarma del celular, avisándome que tendría un examen a las 8. Ese día, mientras hacía mi devoción personal, le pedí a Dios que me mostrara el camino, porque no estaba segura del lugar donde debía tomar el examen.
Después de desayunar, me preparé y fui a la calle, y me dirigí hacia donde tomaría el autobús. Era temprano, pero comencé a preocuparme por la demora. Entonces oré, con un poco de impaciencia: Señor, ¡envía el autobús pronto! Antes de que terminara de orar, el autobús había llegado. Pensé en preguntar al conductor dónde debía bajarme, pero permanecí en silencio ya que este había sido el autobús que me habían indicado cuando pedí la infor-mación. Y oré una vez más: Señor, ¡muéstrame el camino!
Tenía cierta idea de la parada en que debía bajarme, pero no sabía qué dirección tomar desde allí. Me bajé del autobús y comencé a caminar. Cuando corroboré la dirección, me di cuenta de que Dios me había guiado a la calle correcta. Ahora solo me quedaba encontrar la facultad. Oré con gratitud en mi corazón: Señor, muéstrame el camino, muéstrame dónde está la facultad. Cuando terminé de orar, levanté la vista y vi el letrero de la facultad. ¡Había llegado treinta minutos antes!
Dios nos escucha inclusive antes de que hablemos, y nos responde antes de que hayamos terminado de expresar nuestra petición. ¡Cuán maravilloso es tener la seguridad de la presencia del Señor! No tenemos nada que temer a su lado; se nos asegura la victoria.
El día del examen aprendí cuan bueno es caminar con Dios y depender de él a cada instante. Cuan bueno es sentir su presencia con nosotros y saber que podemos confiar en él frente a todas las situaciones de la vida.
El Señor nos escucha y está cerca de nosotros. Que nada nos impida hoy hablar con Dios, contarle todas nuestras dificultades, y agradecerle porque siempre nos escucha y sabe lo que es mejor para nosotros.
Que tu corazón diga: Señor, gracias por ayudarme a buscarte. Quédate conmigo hoy, camina, conmigo y guía mis pasos. Amén.
Carmem Virginia
Tomado de Meditaciones Matinales para la mujer

Mi Refugio
Autora: Ardis Dick Stenbkken